Sillustani: Memoria de la piedra, o la muerte como refugio

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Sillustani en el principio fue la piedra. Elegidas al borde de la laguna, con una isla truncada en el centro -a casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, y como si estuvieran colgadas del cielo- los cilíndricos refugios funerarios se recortan contra la lluvia y el abierto paisaje norte del altiplano puneño. Es un espacio para prolongar el tránsito de la muerte de los nobles kollas, y nada más solemne que la piedra finamente trabajada para continuar el nuevo viaje.

Sillustani
Foto: Hermann Bouroncle

La sabiduría de la técnica, como en las construcciones incas, acompañan el relato de las piedras, en curvas perfectas que encierran el monólogo de la muerte. En algunas, escurridizas lagartijas atrapadas en el relieve de la piedra miran hacia el cielo. Y parece haber un diálogo entre éstas tumbas verticales, como seguramente había en los muertos desde cuyo recinto comenzaban el viaje circular de la vida y la muerte.

Sillustani es un cementerio de tumbas que crecen hacía el cielo, en esa precisa armonía que los antepasados buscaban con los elementos del paisaje. Su intervención hace que las nubes, la lluvia, y el ligero ondulado de la línea del altiplano, conformen una sincronizada y deliberada suma de elementos; porque la muerte para los antepasados kollas, también fue una elevada forma de armonía.

Una versión sostiene que las formas fálicas de las tumbas encierran el símbolo del nacimiento y la muerte. La piedra como metáfora de eternidad, es también el permanente nacimiento que se renovaba con las ofrendas sembradas en la cercana andenería. Un mundo elaborado para guardar la muerte de los principales –su movimiento, su desplazamiento hacia el otro mundo- acompañado de una cerámica que cuenta y relata los momentos de una cotidianidad sencilla, que repite los colores terrosos de la meseta.

Sillustani
Foto: Hermann Bouroncle

El hallazgo de finas láminas de oro: pecheras, muñequeras, partes de un ajuar, nos devuelven la imaginaria presencia de los nobles kollas, que andaban por la meseta persiguiendo el sol que se desastillaba en la laguna. Ese oro –pariente cercanísimo del sol- también acompañará al viajero, para darle luz y brillo a su nuevo andar. El oro de Sillustani, muestra el elaborado brillo de todo lo que se pudo levantar en la necrópolis.

La laguna también habla y la oralidad de sus aguas se ha sucedido en el tiempo, como un viajero hablador, cuyas historias salen por las noches para acompañar las siluetas de las tumbas. Historias que los kollas, han elaborado como tejidos o cerámicos, y que uno encuentra en los pequeños senderos, en la sensorialidad de la piedra, en su rumor volcánico que invade las noches transparentes del viejo poblado de Hatunkolla.

En el comienzo fue la piedra. Y al final también.

Fotos: Hermann Bouroncle, Texto: Elard Serruto

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Texto e imágenes de: El Buho – Cultura
@ Sillustani: Memoria de la piedra, o la muerte como refugio

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