REESCRIBIENDO LA HISTORIA – VALOR.PE

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Por: Abraham Rivas Lombardi

¿Se imaginan la reacción de la izquierda peruana si el Ministerio de Cultura financiara una película que ensalzara la conducta del coronel Rolando Cabezas, condenado por las ejecuciones extrajudiciales de presos por terrorismo durante los sucesos del 18 y 19 de junio de 1986 en el penal de Lurigancho?. ¿Cuántos pronunciamientos, comunicados, marchas, vigilias y demás expresiones de repudio inundarían las calles, los medios de comunicación y el ciberespacio?.

Hago esta reflexión luego de observar la irritada reacción de la intelectualidad de izquierda contra las justas críticas formuladas por las asociaciones de retirados de las Fuerzas Armadas y Policía Nacional, así como de un gran sector de la opinión pública, por la desafortunada elección del MINCUL de invertir dineros públicos en el film “Hugo Blanco, Río profundo” (2020), cuasi panegírico de Blanco, homicida condenado por la justicia y uno de los puntas de lanza del comunismo internacional en Sudamérica durante las convulsas décadas de 1960 y 1970.

Para fundamentar sus críticas, la izquierda recurre a su frecuente táctica de tergiversar cuando no falsear los hechos y repetirlos hasta el cansancio para que alcancen rango de verdad. En suma buscan “reescribir la historia”. Su método preferido es juzgar los hechos pasados desde la perspectiva del estable, cómodo y desideologizado siglo XXI, obviando el contexto histórico bipolar que dominó las relaciones mundiales – por ende, las latinoamericanas – durante la segunda mitad del siglo XX.

Así, Blanco es ahora un abnegado luchador social pro campesinado y precursor de la defensa del medio ambiente y de los derechos de los trabajadores. Del asesinato de tres guardias civiles y su papel como agente del comunismo internacional para subvertir el Estado de Derecho en el Perú durante 30 años ni una línea.

No es el primer caso, ya lo han hicieron con el proto guerrillero Javier Heraud muerto en Madre de Dios en 1963, respecto del cual el MINCUL también financió “La Pasión de Javier” (2019). Ahora resulta que Heraud deja sus anclas burguesas y se transforma en un candoroso revolucionario. Su entrenamiento guerrillero en Cuba y su financiamiento para convertirse en un agente del comunismo castrista que soliviantara la democracia peruana (Prado II, Belaúnde I) es un detalle anecdótico.

Y lo seguirán haciendo pues obtienen resultados. Ya consiguieron crear en el imaginario popular la falacia que la responsabilidad por las dolorosas bajas en la lucha antiterrorista (1980-1997) fue compartida entre las fuerzas de seguridad y Sendero Luminoso (SL) y el MRTA, con el pueblo peruano en medio de los “beligerantes”; fina cortesía de la Comisión de la Verdad y la “Reconciliación” (gracias Paniagua, gracias Toledo).

Hoy, muy poco se recuerda que se trató de una brutal agresión subversiva del comunismo maoísta contra el Perú y que al ser rebasada la Guardia Civil el clamor popular obligó al régimen de Belaúnde II a enviar a las Fuerzas Armadas a una inédita guerra asimétrica (1982). Tampoco se habla que una victoria de SL hubiera ocasionado un terrible baño de sangre, del que tal vez ningún izquierdista peruano habría escapado, por “revisionistas” se entiende, como tampoco los periodistas blancos y educados que se han sumado ahora al coro pro-Hugo Blanco.

No les extrañe que pronto esa operación de reescribir la historia beneficie también a los líderes terroristas Abimael Guzmán o Víctor Polay, pues ya hay muestras palmarias que en los claustros universitarios públicos el discurso de limpieza de sus imágenes y reivindicación de sus crímenes va cundiendo en algunos jóvenes estudiantes.

Orwell decía que “La historia la escriben los vencedores”, Churchill aspiraba a que la historia fuera generosa con él “… puesto que tengo la intención de escribirla.”  Obviamente aquello no está ocurriendo en el Perú y las últimas manifestaciones brevemente señaladas en esta entrega deben constituir una seria advertencia para los demócratas, pues la lucha política en una democracia no puede limitarse a las épocas electorales. Por el contrario, es una compulsa permanente de ideas en defensa de la preservación de los valores democráticos y la verdad histórica, con el objetivo de no repetir los errores del pasado. Es el reto que la hora actual nos impone a los demócratas peruanos, pues como anunció Santayana: “Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”.





Fuente: REESCRIBIENDO LA HISTORIA – VALOR.PE

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