“ES LA ÉTICA, TONTO*…” – VALOR.PE

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Por: Abraham Rivas Lombardi

A comienzos de 1992 parecía imposible que George H.W. Bush no fuera reelegido como presidente de Estados Unidos, especialmente tras la caída del muro de Berlín y la victoria contra Saddam Hussein en la primera Guerra del Golfo. Entonces James Carville, un asesor político de Bill Clinton, advirtió que había que cambiar la agenda y golpear a Bush en un tema en que no estaba fuerte: la recesión económica. Nació así la frase “Es la economía, estúpido”[1] que reorientó el eje de la campaña presidencial hacia un aspecto esencial en la vida del elector y pavimentó la victoria de Clinton en Noviembre de 1992.

El 09 de Setiembre de 2019 redacté en este mismo portal el artículo titulado: “Democracia: modelo para armar 2” donde me preguntaba ¿Cómo había sido posible que la élite de nuestro empresariado, políticos, ejecutivos, abogados y técnicos habían sucumbido tan fácilmente a los sobornos de Odebrecht y las demás compañías corruptas brasileñas?. ¿Dónde habían quedado los valores familiares y la sólida formación académica que de seguro tales personas habían recibido?.

Bueno, resulta que el problema no era patrimonio de la élite político-económica, pues en plena segunda ola de la pandemia de la COVID-19 que  nos martiriza, se reveló que los altos funcionarios, médicos y diplomáticos que tenían a su cargo la negociación con la empresa china Sinopharm para la dotación de las vitales vacunas para nuestro personal sanitario, PNP, FFAA y el resto de la población, habían sido inmunizados clandestinamente. Que Martín Vizcarra haya encabezado la lista de “privilegiados” no debe sorprendernos: una raya más al tigre de este personaje que ha envilecido tanto la política nacional.

Por tal razón, aun cuando no suelo reproducir artículos pasados, considero pertinente actualizar algunas reflexiones sobre el problema ético que azota a nuestra sociedad. Decíamos hace año y medio que:

“Para explicar el problema ético que contamina a nuestra democracia, debemos señalar que antes que una crisis política lo que tenemos hoy en el Perú es una profunda crisis moral, que se expresa en la recurrente anteposición de intereses personalísimos sobre los públicos o en la facilidad con que la corrupción brasileña (Odebrecht, OAS, CC, AG) penetró en todos los estamentos de la vida nacional: gubernamental, político, empresarial, profesional.

Como telón de fondo, tenemos una sociedad gravemente afectada por la demolición de sus valores éticos fundamentales, consecuencia de cincuenta años de crisis socioeconómica, fenómeno que ha desestabilizado a la familia, la educación y la disciplina social…”

“No se trata solo de solo de autoridades o políticos corruptos, los hemos tenido siempre… Cada mes gobernadores y ex gobernadores, alcaldes y ex alcaldes, funcionarios y ex funcionarios, ingresan a prisión preventiva o a cumplir condenas como consecuencias de gestiones corruptas y la lista se extiende a miles de servidores públicos investigados o juzgados penalmente. El denominador común es la concertación con los privados (contratistas, intermediarios) para defraudar al Estado, esto es tomar ventaja de la posición para obtener beneficios ilícitos.

 Lo abominable de la crisis ética es que el escándalo Odebrecht y sus “hermanas” ha revelado la facilidad con que la corrupción penetró transversalmente a nuestra sociedad, no solo con las autoridades, sino en los partidos políticos (financiamiento ilegal), los círculos empresariales más poderosos (Club de la Construcción, consorcios de construcción pública) y los sectores profesionales (abogados, árbitros, economistas, ingenieros, etc.) quienes no vacilaron en acomodar y adecuar sus opiniones y talentos a los lubricados requerimientos de las empresas corruptas y corrompidas.

 Hoy queda claro que los “buenos” orígenes y la buena educación no frenaron la ofensiva corrupta de las firmas brasileñas, que avasalló sin mayor dificultad la fortaleza moral de quienes representaban supuestamente lo mejor de nuestra sociedad. Los “ejemplos” provienen de las mejores familias de Lima y se educaron en las mejores universidades del Perú y el extranjero.

 Esto es muy grave, pues demuestra la fragilidad de nuestra ética personal frente a las tentaciones del dinero e influencia fáciles y nos plantea una pregunta crucial: ¿Qué le podemos exigir a un microcomerciante, a un transportista informal o a un policía si nuestra élite social cede sin tapujos a la oferta corrupta?.

 ¿Qué hacer? Lamentablemente las soluciones son de largo plazo: reconstrucción del orden social, educación en valores, civismo, etc. que comprometerá el esfuerzo de una generación completa. Empero, algunas acciones son impostergables: La transparencia en la gestión pública (decisiones y adquisiciones), el fortalecimiento del sistema de control y del sistema fiscal y judicial anticorrupción es fundamental para edificar una barrera preventiva y/o punitiva que disuada o castigue los apetitos corruptos. Con esto, la construcción de una metodología de seguimiento y vigilancia ciudadana que acompañe cercanamente las acciones de nuestras autoridades, políticos y empresarios.”

 En conclusión, ciudadanos y ciudadanas, no se trata de la Constitución, no se trata de la estructura del Estado, no se trata de la organización de la Administración Pública, no se trata de la capacitación profesional de los servidores públicos: ¡Es la ética, tonto!

[1] El título del artículo usa la palabra “TONTO”, menos agresiva que “ESTÚPIDO”.





Fuente: “ES LA ÉTICA, TONTO*…” – VALOR.PE

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