La memoria de la batalla

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El estandarte lo confeccionaron en fibras de algodón y fue bordado a mano con hilos de seda para ovillarse mejor con las páginas de la historia. Ramas de palma y laurel resguardan las siglas sagradas de ‘RP’ (República Peruana) y en el reverso, enmarcan ‘Batallón N° 4 Ejército de Reserva de Lima’.

La especialista María Luisa Patrón lo restaura, desde hace tres meses, provista de brochas, espátulas, pinzas, agujas quirúrgicas e hilos de seda crepelina. Se salvaguarda en el Museo Cáceres, en el parque Reducto N°2, de Miraflores.

El estandarte lo enarbolaron los compatriotas del batallón N° 4 de la reserva peruana que participaron en la batalla de Miraflores, el 15 de enero de hace 140 años.

Fue el doctor Ramón Ribeyro quien salvó la bandera: la llevó en su caballo en la retirada hacia Lima, al frente de unos “sesenta y tantos” sobrevivientes del batallón N°4. La conservó en su casa como una reliquia “en torno a la cual cayeron tantos valientes”.

Vaya político este Ribeyro, dejó el cargo de ministro de Justicia para ponerse al frente como jefe del Reducto N° 2 y coronel del batallón N° 4, que se ubicó al oeste del pueblo de Miraflores, en la actual urbanización San Antonio, entonces en el cruce de un camino principal y la línea del ferrocarril.

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El 18 de noviembre de 1880, después de ganar la guerra por mar, desembarcaron las primeras tropas chilenas en Pisco. El 22 de diciembre desembarcarían las últimas en Lurín y Curayaco. Divididas en tres divisiones (cada una integrada por un regimiento de caballería, dos brigadas de infantería y dos brigadas de artillería) avanzarían hacia la capital. En total, sumaban 21,000 hombres, además de los 3,000 de reserva.

Por su parte, las tropas peruanas de la defensa de Lima estaban divididas en tres ejércitos –del Norte, Centro y de Reserva–, cada uno compuesto por dos grupos de infantería. Se calcula que la defensa peruana la conformaban 30,000 hombres.

La defensa de Lima fue un heroico acto colectivo y se extendió por 12 kilómetros, desde la playa hasta la casa hacienda Monterrico Grande.

Esos hombres de diversas edades –niños, jóvenes, adultos–, de distintas clases sociales y oficios, desde pulperos, pasando por empresarios, magistrados, estudiantes e inmigrantes italianos, gente sin experiencia en la guerra e inapropiado material bélico, se convirtieron, de la noche a la mañana, en soldados. Estos civiles se encargaron de reforzar las defensas militares peruanas desde los famosos reductos que dieron lucha a las tropas chilenas.

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En la mañana del 13 de enero de 1881 –considerada el capítulo más cruel de la Campaña de Lima de la Guerra del Pacífico– se dio la batalla en las pampas de San Juan y Santa Teresa, Villa, el Morro Solar y Chorrillos. Las tropas peruanas y los civiles estaban bajo el mando de los coroneles Miguel Iglesias, Andrés A. Cáceres, Justo Pastor Dávila y Belisario Suárez.

Al mediodía, estaban rodeados por 80 cañones del enemigo y a las 14:30 horas cae el último bastión peruano. Se calcula que alrededor de 4,000 (otros señalan 2,800) peruanos perdieron sus vidas combatiendo ese día.

Luego de la batalla de Tarapacá, el tayta Cáceres estaba nuevamente como un dínamo inquebrantable para poner el pecho por la patria, a pesar de que no contaba con el respaldo del dictador Nicolás de Piérola. Ese 13 de enero, el militar ayacuchano habían empezado la batalla en San Juan y, a las 10 de mañana, combatía en Chorrillos. Cuenta el Brujo de los Andes:

“Recogí como 200 dispersos y al frente de ellos me dirigí sobre Chorrillos. Un carro de plataforma del Ferrocarril Inglés en el que se había montado un cañón avanzaba al costado nuestro bajo las órdenes del Comandante Mariátegui. Cerca del Barranco nos encontramos con la división del Coronel Suárez que se retiraba íntegra del campo de batalla en el cual no alcanzó a disparar un solo tiro. Le expuse al Coronel Suárez un plan para recuperar Chorrillos y le pedí que me secundara con sus tropas. Me manifestó que ya era tarde para intentar nada porque la batalla se había perdido. Le argüí entonces que muchas veces una derrota se transformaba en victoria por un regreso rápido y audaz de los vencidos… No conseguí convencerlo y la división de Suárez siguió camino de Miraflores mientras que yo, al frente de mi pelotón y con el carro artillado seguía sobre Chorrillos”. [1]

Cáceres sería herido en la pierna, al mes siguiente partiría en secreto de Lima mientras Piérola decidía no seguir luchando, pero esa es otra historia.

Volvamos. El ejército extranjero, luego de ganar la batalla, incendió y saqueó de Chorrillos y Barranco en medio de la tregua de los ejércitos. Fotos de la época muestran el estado del malecón, la pérgola, la plaza de la Matriz, el barrio Alto Perú y las calles del pueblo de Chorrillos, tras los actos vandálicos. Entre sus víctimas figuran 13 bomberos de la Compañía Garibaldi N° 6 que fueron fusilados cuando pretendían apagar las llamas.

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El número 2 fue uno de los 10 reductos que se establecieron en Miraflores. Cada uno era un foso de siete metros de largo y dos metros y medio de profundidad; los parapetos eran hechos con sacos de tierra. En el espacio entre los reductos estaban las tropas del Ejército regular peruano. Por ejemplo, Andrés Avelino Cáceres se situó con un cuerpo de 600 hombres que reunió, entre el primer y segundo reducto.

En un momento se pudo ganar la batalla, pero faltó el empuje final. “En cierto momento, pareció que la victoria era alcanzable. Los jefes chilenos ordenaron el repliegue; sin embargo, fueron reforzados nuevamente, lo que no ocurrió por el lado peruano. Muchas unidades de reserva quedaron sin combatir y la munición escaseaba o no correspondía a la variedad de fusiles que poseían los batallones peruanos. Esta fue la razón principal por la que el enemigo pudo finalmente hacerse del primer reducto miraflorino. No había más balas que gastar. Un reservista expresó: “Hacía más de tres horas que combatíamos y, sin embargo, no recibíamos ningún refuerzo”. [2]

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Al coronel Ramón Ribeyro luego le tocaría vivir en el Miraflores de la reconstrucción. Recordaría siempre a los prohombres perdidos en esa batalla (alrededor de 2,000), entre ellos importantes cuadros y jóvenes promesas de la vida política, académica y cultural del país.

Ribeyro y otros militares sostuvieron que sin la batalla de Miraflores, Lima hubiera sido tomada a sangre y fuego por las tropas chilenas, tal como sucedió con Chorrillos.

“Si esta [la batalla] hubiese terminado a las tres o cuatro de la tarde, los chilenos habrían entrado a la ciudad a sangre y fuego. La resistencia opuesta por la reserva demoró el desenlace hasta las seis de la tarde. A esas horas los chilenos no osaron ni aproximarse a la ciudad temiendo encontrarse con una tercera línea de combate y Lima se salvó, una vez más, gracias a la reserva”, escribió.

La mirada extranjera

En su libro Las batallas de Chorrillos y Miraflores y el arte de la guerra [3], el general ecuatoriano Francisco J. Salazar, testigo ocular de los hechos, analizó el actuar de ambos bandos. En el caso de la batalla de Chorrillos, sostiene que el ejército peruano se encerró “en la defensiva pasiva”, al punto que la reserva “no aparece en la línea de defensa para reforzar los puntos debilitados por el ímpetu de los ataques del adversario, y mucho menos para emprender un contraataque decidido, como pudo haberlo hecho”.

Con respecto a Miraflores, Salazar opinaba que se cometieron los mismos errores. “[…] Tampoco en la de Miraflores hubo siquiera un batallón de reserva que, conveniente colocado, pudiese caer sobre el enemigo cuando envolvió la línea peruana por su flanco derecho; razón por la que la derrota fue completa e inevitable”.

Pero Salazar dio una mirada sobre un punto que consideró una “desventaja irreparable”. Notó el “antagonismo” al interior de las tropas peruanas, compuesto por las “razas” indígena, “africana” y “española”. Los primeros no dispuestos a obedecer a los descendientes de sus “opresores”; los segundos, excluidos de las “instituciones democráticas”; y los últimos, jamás dispuestos a “hombrearse” en la guerra junto a un “indio” o “hijo de una esclava”.

“A tamaño mal están expuestos los pueblos que, como el Perú, no han llegado todavía a resolver el arduo problema de destruir por completo las causas que impiden que las agrupaciones de hombres de razas diferentes, mirándose como hermanas, y después de odios y las desconfianzas que las dividen, se encaminen asidas de las manos por el sendero de la concordia a idénticos fines sociales y políticos”, concluye el militar.

[1] Tomando del libro Historia y romance del viejo Miraflores (Lima, Municipalidad de Miraflores, 2020), de Luis Alayza y Paz Soldán.

[2] Cáceres (Lima, Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, 2014).

[3] Publicado originalmente en 1882 y reeditado en el 2010 por La Casa del Libro Viejo.

Datos:

En el 2010, la Compañía de Bomberos Garibaldi N°6 de Chorrillos recibió la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el Grado de Gran Cruz por su participación en la defensa de Lima.

Hoy se inaugura la exposición Miraflores Ciudad Heroica, en la sala Luis Miró Quesada Garland (Av. Larco 450, Miraflores). Va hasta el 21 de febrero. De lunes a domingo, de 10:00 a 19:00 horas.

Presenta mapas, fotografías, objetos y armas de la batalla de 1881, que pertenecen al Instituto de Estudios Históricos del Pacífico.





Fuente: La memoria de la batalla

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