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Arte y Cultura

Ministerio de Cultura y Municipalidad del Rímac se unen para mejorar y recuperar espacios públicos del centro histórico del distrito

Limaaldia.pe

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Gracias a convenio de cooperación interinstitucional, se ejecutará proyecto de inversión que contará con un presupuesto estimado de S/ 88,473,984.

El Ministerio de Cultura y la Municipalidad del Rímac suscribieron un convenio de cooperación interinstitucional, que coadyuvará a poner en valor el patrimonio cultural del Centro Histórico del Rímac, con la finalidad de recuperar y mejorar sus espacios públicos y edificaciones.

Para lograr esta recuperación del patrimonio cultural, el Ministerio de Cultura ejecutará el proyecto de inversión “Mejoramiento del Centro Histórico del Rímac, distrito de Rímac – provincia de Lima – departamento de Lima”, en el marco del Programa de Mejoramiento de los Centros Históricos de Lima, Arequipa, Trujillo y Ayacucho. Esta obra contará con un presupuesto estimado de S/ 88,473,984. 

El ministro Alejandro Salas se encargó de suscribir el convenio, junto al alcalde del Rímac, Pedro Rosario. Con la presencia de la viceministra de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales, Janie Gómez y la viceministra de Interculturalidad, Rocilda Nunta. Allí, Salas destacó la importancia de este trabajo articulado para cuidar el patrimonio.

“El Rímac tiene un sentimiento especial. Recorrí sus calles cuando era niño. Este sentimiento nos hace encontrarnos. Cuando somos funcionarios estamos obligados a trabajar y dejar legado”, manifestó.

El ministro destacó el trabajo articulado entre el gobierno nacional y sector privado. “Es importante que el ciudadano tenga sentido de pertenencia y este es un ejemplo de cómo desarrollarlo”, precisó. 

“Hoy es un día de alegría para el Rímac y un día especial para la cultura. Es el inicio de lo que se puede desarrollar y Rímac marca un ejemplo. Manos a la obra y que empiece el embellecimiento que corresponde a nuestro patrimonio cultural”, finalizó.

Trabajos en Kuélap

El ministro también habló con los medios de comunicación en relación al trabajo que realiza su sector para atender al Complejo Arqueológico de Kuélap. “Estamos dando a conocer los logros de los seis meses de gestión que tenemos. Hay gratitud del gobierno por el trabajo desarrollado. En relación a Kuélap, la competencia de nosotros es el cuidado del patrimonio. La ruta alterna que se creó fue coordinada entre todas las entidades, como Mincetur, Gobierno Regional, Indeci, el gobierno local. La idea de esta ruta es ver lo maravilloso que es Kuélap”, expresó.

No hay acceso al interior porque se está restaurando y queremos cuidar la vida de las personas. No podemos ser irresponsables. No podemos exponerlos a ingresar por ese acceso. Nosotros hemos desarrollado trabajos de contención, que están finalizando. Pero, no podemos hacer una sobrecarga de visitantes porque hay intereses económicos. Vamos a restaurar Kuélap como no se ha hecho en los últimos50 años”, afirmó el ministro.

Coyuntura política

En tanto, el ministro destacó que el presidente Pedro Castillo, acuda hoy a la Fiscalía demostrando que, “no se corre a las investigaciones y da la cara a la justicia”. “Una persona investigada tiene el derecho de declarar en cualquier etapa de su investigación fiscal”, dijo indicando que ha seguido la estrategia de su equipo legal. “Es un presidente que no tiene problema en declarar”, añadió.

Finalmente dijo que, el presidente Pedro Castillo viene evaluando la reconformación de su gabinete ministerial. “Jamás le voy a decir no a trabajar por el país en el sector que me toque. Tome la decisión que tome, él sabe que voy a trabajar siempre por el país. El presidente ya dijo que mañana habrá un nuevo gabinete”, enfatizó. 

Proyecto en el Rímac

Este proyecto de inversión abarcará un área de intervención en la cual se ha definido un eje estructurante donde se realizarán actividades en 3 componentes: 1) Mejoramiento del Patrimonio Material, 2) Promoción del Patrimonio Cultural, y 3) Fortalecimiento de la Gobernanza del Patrimonio Histórico, los cuales se implementarán desde el jirón Trujillo hasta la Alameda de los Descalzos, posibilitando el mejoramiento de espacios públicos y jirones principales del mencionado centro histórico, áreas verdes laterales, fachadas de inmuebles de arquitectura civil y religiosos, pistas, veredas, así como la implementación de mobiliario e iluminación.

Las actividades programadas iniciaron en el mes de abril del presente año y concluirán en el mes de marzo del 2025. Es así que la Alameda de los Descalzos, el Paseo de Agua, iglesias como Patrocinio, Beaterio, entre otras, y jirones como Trujillo, Cañas; así como espacios públicos y diversos inmuebles se verán beneficiados.

Asimismo, se beneficiará directamente a 174,785 habitantes del distrito del Rímac, quienes podrán mejorar su calidad y condiciones de vida al poder residir en una zona urbana restaurada y acondicionada.

Por su parte, la Municipalidad del Rímac se compromete a facilitar información referente a los predios que sean materia de intervención, así como el otorgamiento de autorizaciones, licencias, permisos y factibilidades de servicios necesarios para el desarrollo del expediente técnico y la ejecución de la obra, entre otras acciones que contribuyan a la adecuada realización de la misma.

Cabe señalar que el Programa de Mejoramiento de los Centros Históricos de Lima, Arequipa, Trujillo y Ayacucho se encuentra en su primera fase y comprende la recuperación los Centros Históricos del Rímac y Huamanga, con un presupuesto total de US$ 50,000,000,00 financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Instituto de Crédito Oficial (ICO) del Reino de España, y el Gobierno Peruano. Su ejecución está a cargo de la Unidad Ejecutora 008: Proyectos Especiales del Pliego 003: Ministerio de Cultura, según el Decreto Supremo N° 018-2021-EF.



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Gajes de un nadador

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Desde los seis hasta los once años practiqué natación de forma regular en la academia Berendson de Trujillo. Los ex profesores Nicanor y Walter siempre estaban predispuestos a orientarnos en lo que necesitáramos. Nos llevaron a competencias locales y luego, dentro del colegio en el que mi hermana y yo estudiábamos, competimos en la misma disciplina con otras instituciones educativas. Acabó la primaria, me mudé a Lima y la natación quedó solo como un recuerdo.

Luego de terminar la secundaria, decidí ingresar un verano a la academia de la Federación Peruana de Natación ubicada en Jesús María; eran mis últimos años de adolescente. Me matriculé un verano y una vez culminado el curso de dos meses me invitaron a entrenar todos los días, pero por la academia universitaria decidí pausar el proceso que en ese momento practicaba con mucha ilusión. Ingresé a la universidad, luego me cambié de centro de estudios y también de carrera, y volví a olvidarme de la natación.

A los pocos años, luego de cinco aproximadamente, la ex novia de una amiga muy cercana me contó que estaba trabajando en la piscina municipal de un distrito aledaño a donde vivía. Ella era personal de salud y cumplía un horario laboral de lunes a viernes. Me preguntó si quería seguir nadando. Le respondí que sí. Sacó de su cartera cerca de siete tarjetas y me las entregó. Cada tarjeta era por un número aproximado de diez clases. Eso significaba que podía ir a nadar casi por tiempo indefinido por ese momento.

Asistí cerca de cuatro meses ininterrumpidos a la piscina municipal. Profesionalicé mi técnica, hice nuevos amigos y me prometí a mí mismo no volver a dejar este deporte. Nunca ocurrió. Una vez que se acabaron mis tarjetas de clases, tenía que pagar y no estaba en las condiciones para hacerlo. Acababa de mudarme de Pueblo Libre a Jesús María y estaba empezando una segunda carrera en otra universidad. Estaba en mis últimos ciclos del instituto de inglés y además de lo destinado a mi transporte y alimentación ya no me quedaba nada extra.

Pese a ya no ser alumno en la academia de natación municipal, a las semanas de haber concluido mis clases me acerqué a la piscina a consultar los costos de las clases. Me comentaron que ocho clases costaban doscientos veinte soles y doce clases un poco menos de trescientos soles. Sin embargo, tendría un cincuenta por ciento de descuento si era vecino del distrito. Consulté cómo podía corroborar si era vecino y me dijeron que si aún no figuraba mi dirección en mi DNI, podía mostrar un recibo de agua o luz con pagos que no estuvieran vencidos.

Ese día regresé de la piscina a mi casa un poco triste, aunque más estaba estresado. Me puse a pensar en quién podría prestarme un recibo. Llamé a dos amigos y me respondieron que ya se habían mudado. No tenía muchas opciones. Seguí pensando un poco más y apareció el nombre de un amigo al que no veía hace años. Recordé que me había ayudado hace tiempo a inscribirme como personero en una campaña electoral municipal y desde ahí solo manteníamos el contacto por redes sociales. Le envié un mensaje, aceptó y me convocó a su domicilio.

Llegué a la hora que me había indicado y esperé en la puerta de su edificio. Salió, nos dimos un abrazo y recibí el recibo de agua donde figuraba que era vecino puntual en el distrito. Le agradecí y quedamos en seguir conversando. Ese recibo me duró cerca de tres meses. Después, dejé la natación y no regresé hasta hace un par de años. Esta vez volví a la piscina del Campo de Marte. Hice ocho clases y le consulté al instructor si podía enseñarnos la técnica para lanzarnos a la piscina, es decir, cómo realizar un clavado. Nunca lo hizo, así que dejé de asistir.

Hace un mes, decidí matricularme nuevamente en otra academia de natación, esta vez, opté por la sede Lince de Aqualab. La verdad, un desastre. Ni bien me matriculé me comentaron que no aceptaban que los alumnos pagaran por horas libres, sino solo por clases. Quedé contento porque siempre he preferido tomar lecciones a practicar por mi cuenta. Con el transcurso de las semanas noté que ello era falso, pues muchos ciudadanos ingresaban al carril de su nivel de expertiz, pero nadaban lo que consideraban conveniente, mas no hacían la clase.

Hace unos días, ni bien empecé mis primeros cien metros, me crucé con un nadador principiante en mi carril. Todo estaría bien si no fuera porque me metió un puñetazo en el rostro. Mi cara quedó roja, pero en principio entendí que era un riesgo cuando practicamos ese deporte. No obstante, al comentarle al profesor lo que me había sucedido al final de la clase quedé perplejo con su respuesta. Me estaba dando la razón al decirme que era una persona sin técnica ni conocimientos de nado. Le increpé por qué había permitido que alguien así esté con quienes nos encontramos en un nivel más avanzado. No me respondió. A hacer el reclamo y el trámite administrativo. Gajes del día a día.

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Puntos suspensivos

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Tenía trece años cumplidos y una mente absolutamente lúcida que me permitía darme cuenta que esta mudanza no sería temporal, sino para siempre. Todos los días solía decirle a mamá que quería estudiar la universidad en Lima para que planificara mi mudanza en los próximos años, pero jamás imaginé que ello se adelantaría cinco años antes. Mis tíos afirmaban que lo hacían por mi bien, aunque si me quedé a vivir con ellos en la capital fue, prácticamente, por un chantaje.

Había terminado el primer año de secundaria y si bien hasta el sexto de primaria la única niña por la que sentía atracción era Luisa, el año siguiente las cosas cambiaron bastante. Continué estudiando inglés, japonés y portugués. Iba a practicar tenis los fines de semana y nadaba entre semana. El colegio lo llevaba con mucha calma, pues me había cambiado de institución educativa a una donde los docentes no eran tan exigentes como antes. En la segunda mitad del año, mientras culminaba mi primero de secundaria, decidí empezar a estudiar italiano en el centro de idiomas de la Universidad Nacional de Trujillo. El curso duraba dos horas los martes y jueves en la noche; empezaba a las siete y terminaba a las nueve. A cada clase llegaba temprano y esperaba en el primer nivel hasta el inicio del taller. A veces llevaba un libro para leer u otras veces solamente repasaba mi libro de italiano.

Fueron diversas las oportunidades en las que llegaba antes de clase y no era el único, de hecho, recuerdo que había una señora y dos jóvenes más que también tenían esa puntualidad. Uno de los jóvenes, que ya era universitario, un día decidió hablarme. A partir de ese momento, nos volvimos muy cercanos dentro del instituto. No sé si llegamos a ser amigos, pues nunca le confié nada muy personal, pero cada vez que nos veíamos antes de nuestras clases, conversábamos. Él no estudiaba italiano, sino inglés, así que el único momento para conversar era antes del taller. Al salir, bajaba las escaleras tan rápido como podía para tomar el bus a casa, pues en Trujillo el transporte público antes transitaba hasta las nueve de la noche como máximo.

Luego de un par de meses de estudiar italiano, dejé el curso y comencé a estudiar alemán. Me inscribí en otro instituto muy cercano al anterior. Dejé de ver por unas semanas a mi compañero del otro instituto con quien compartía algunos momentos de ocio antes de nuestras clases. Sin embargo, como habíamos intercambiado números, un día recibí su mensaje. Desde allí, nunca dejamos de hablar. Nuestros diálogos eran infinitos en el messenger de Windows Live. Nos volvimos a ver un par de veces más cuando vino a recogerme de mi curso de alemán, pero luego ello dejó de suceder. Él tenía dieciocho o diecinueve años; yo tenía doce. Admito que mi madurez era como la de algún joven que había acabado el colegio, pues con él conversaba de temas vinculados a la política local y nacional. Él sí estaba inmerso en ese contexto, ya que estudiaba una carrera de humanidades. Durante las pocas veces que nos vimos, nunca le dije nada y él tampoco lo hizo. Ello ocurriría meses después, y fue por llamadas y mensajes de texto.

El año terminó y llegó el verano. Ya era costumbre viajar a Lima a visitar a la hermana de mi madre, mi tía. En Lima ella vivía con su esposo y sus hijas, mis primas. Le pedí a mamá que me comprara un pasaje para la primera semana de febrero, pues era la semana de cumpleaños de una de mis primas. Quería darle una sorpresa. Estaba emocionado por salir un momento de Trujillo. Había sido un año ligeramente pesado, a pesar de que ya estaba en otro colegio. Es verdad que ya no había el bullying con el que conviví durante mis seis años de primaria en el Perpetuo Socorro. Pero igual aún tenía algunos fantasmas que me acompañaban. Mi madre compró ese boleto de viaje y sin siquiera saberlo ella ni yo, había comprado un boleto que nos separaría para siempre. No volvía a vivir más en Trujillo. Luego de dos años en casa de mis tíos mi madre llegó a vivir con nosotros por su cáncer en etapa final. Esa ni siquiera era una convivencia. Era una atmósfera rara a la que no quería mirar. Nunca regresé a mi ciudad natal porque mis tíos encontraron mis mensajes con mi ex compañero de idiomas de Trujillo. Los leyeron y consideraron que necesitaba terapia psicológica. Me prometieron no contarle nada a mamá si me quedaba a terminar el colegio en Lima. No tuve otra opción. Mi adolescencia, antes de empezar, ya estaba rota.

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