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Arte y Cultura

Declaran Patrimonio Cultural de la Nación a los Libros de Actas de Sesiones de Concejo de la Municipalidad Provincial del Callao (1857-1963)

Limaaldia.pe

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Se encuentran en custodia del Archivo Histórico de la Municipalidad del Callao.

El Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural de la Nación a los “Libros de Actas de Sesiones de Concejo de la Municipalidad Provincial del Callao (1857-1963)”, custodiado por el Archivo Histórico de la Municipalidad del Callao, por ser una fuente de investigación sobre la vida cotidiana de la población del Callao, sus valores, ideas, cultura, trabajo, vida cotidiana y participación política. 

Mediante Resolución Viceministerial N.º 000123-2023-VMPCIC/MC, se le otorga el merecido reconocimiento, por presentar una serie de valores históricos, científicos y sociales consignados y expresados en momentos históricos de gran trascendencia en la historia nacional del Perú.

El valor histórico de estos documentos, se representa en la serie bastante extensa, que tras una introducción que resalta la información de los libros de actas, prosigue con una reseña histórica de la provincia del Callao desde tiempos prehispánicos, pasando por su desarrollo como puerto colonial. 

Durante la etapa republicana, hay algunas fechas importantes:  el 20 de agosto de 1836 cuando se crea la Provincia Litoral del Callao, el 22 de abril de 1857 cuando se la nombra Provincia Constitucional por la defensa contra la rebelión de Manuel Ignacio de Vivanco; así como el 7 de abril de 1857 cuando se da la primera acta de reunión del  Concejo de la Municipalidad Provincial del Callao, en cumplimiento de la Ley Orgánica de  Municipalidades y la Ley Transitoria de 1856, siendo el primer alcalde el coronel Manuel Cipriano Dulanto.

Asimismo, constituyen documentos fundamentales de su patrimonio institucional, porque en dichas actas están contenidas información sobre sus autoridades más relevantes, como es el caso de la designación y/o elección de sus alcaldes, por acuerdo de pares, por designación del gobierno o mediante sufragio electoral directo.

El valor científico de las escrituras, representan un notable potencial como fuente primaria para la investigación histórica, en el cual dichas actas han sido utilizadas para fundamentar algunos procesos en la historia, teniendo el caso del desarrollo educativo, respecto de la aplicación en los colegios de educación primaria del llamado “catecismo político”, demostrando que en el Callao se aprueba en los libros de actas una especie de manual de civismo.

En cuanto al valor económico-social de este expediente, podemos ver que en los Libros de “Actas de Sesiones del Concejo Municipal”, se nota que la documentación consigna espacios y momentos en el cual se reúnen sus miembros para tomar conocimiento, debatir, deliberar y tomar decisiones respecto a los asuntos económicos, sociales, culturales, educativos y políticos, que afectan a su comunidad a lo largo del tiempo.



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Arte y Cultura

Gajes de un nadador

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Desde los seis hasta los once años practiqué natación de forma regular en la academia Berendson de Trujillo. Los ex profesores Nicanor y Walter siempre estaban predispuestos a orientarnos en lo que necesitáramos. Nos llevaron a competencias locales y luego, dentro del colegio en el que mi hermana y yo estudiábamos, competimos en la misma disciplina con otras instituciones educativas. Acabó la primaria, me mudé a Lima y la natación quedó solo como un recuerdo.

Luego de terminar la secundaria, decidí ingresar un verano a la academia de la Federación Peruana de Natación ubicada en Jesús María; eran mis últimos años de adolescente. Me matriculé un verano y una vez culminado el curso de dos meses me invitaron a entrenar todos los días, pero por la academia universitaria decidí pausar el proceso que en ese momento practicaba con mucha ilusión. Ingresé a la universidad, luego me cambié de centro de estudios y también de carrera, y volví a olvidarme de la natación.

A los pocos años, luego de cinco aproximadamente, la ex novia de una amiga muy cercana me contó que estaba trabajando en la piscina municipal de un distrito aledaño a donde vivía. Ella era personal de salud y cumplía un horario laboral de lunes a viernes. Me preguntó si quería seguir nadando. Le respondí que sí. Sacó de su cartera cerca de siete tarjetas y me las entregó. Cada tarjeta era por un número aproximado de diez clases. Eso significaba que podía ir a nadar casi por tiempo indefinido por ese momento.

Asistí cerca de cuatro meses ininterrumpidos a la piscina municipal. Profesionalicé mi técnica, hice nuevos amigos y me prometí a mí mismo no volver a dejar este deporte. Nunca ocurrió. Una vez que se acabaron mis tarjetas de clases, tenía que pagar y no estaba en las condiciones para hacerlo. Acababa de mudarme de Pueblo Libre a Jesús María y estaba empezando una segunda carrera en otra universidad. Estaba en mis últimos ciclos del instituto de inglés y además de lo destinado a mi transporte y alimentación ya no me quedaba nada extra.

Pese a ya no ser alumno en la academia de natación municipal, a las semanas de haber concluido mis clases me acerqué a la piscina a consultar los costos de las clases. Me comentaron que ocho clases costaban doscientos veinte soles y doce clases un poco menos de trescientos soles. Sin embargo, tendría un cincuenta por ciento de descuento si era vecino del distrito. Consulté cómo podía corroborar si era vecino y me dijeron que si aún no figuraba mi dirección en mi DNI, podía mostrar un recibo de agua o luz con pagos que no estuvieran vencidos.

Ese día regresé de la piscina a mi casa un poco triste, aunque más estaba estresado. Me puse a pensar en quién podría prestarme un recibo. Llamé a dos amigos y me respondieron que ya se habían mudado. No tenía muchas opciones. Seguí pensando un poco más y apareció el nombre de un amigo al que no veía hace años. Recordé que me había ayudado hace tiempo a inscribirme como personero en una campaña electoral municipal y desde ahí solo manteníamos el contacto por redes sociales. Le envié un mensaje, aceptó y me convocó a su domicilio.

Llegué a la hora que me había indicado y esperé en la puerta de su edificio. Salió, nos dimos un abrazo y recibí el recibo de agua donde figuraba que era vecino puntual en el distrito. Le agradecí y quedamos en seguir conversando. Ese recibo me duró cerca de tres meses. Después, dejé la natación y no regresé hasta hace un par de años. Esta vez volví a la piscina del Campo de Marte. Hice ocho clases y le consulté al instructor si podía enseñarnos la técnica para lanzarnos a la piscina, es decir, cómo realizar un clavado. Nunca lo hizo, así que dejé de asistir.

Hace un mes, decidí matricularme nuevamente en otra academia de natación, esta vez, opté por la sede Lince de Aqualab. La verdad, un desastre. Ni bien me matriculé me comentaron que no aceptaban que los alumnos pagaran por horas libres, sino solo por clases. Quedé contento porque siempre he preferido tomar lecciones a practicar por mi cuenta. Con el transcurso de las semanas noté que ello era falso, pues muchos ciudadanos ingresaban al carril de su nivel de expertiz, pero nadaban lo que consideraban conveniente, mas no hacían la clase.

Hace unos días, ni bien empecé mis primeros cien metros, me crucé con un nadador principiante en mi carril. Todo estaría bien si no fuera porque me metió un puñetazo en el rostro. Mi cara quedó roja, pero en principio entendí que era un riesgo cuando practicamos ese deporte. No obstante, al comentarle al profesor lo que me había sucedido al final de la clase quedé perplejo con su respuesta. Me estaba dando la razón al decirme que era una persona sin técnica ni conocimientos de nado. Le increpé por qué había permitido que alguien así esté con quienes nos encontramos en un nivel más avanzado. No me respondió. A hacer el reclamo y el trámite administrativo. Gajes del día a día.

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Arte y Cultura

Puntos suspensivos

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Tenía trece años cumplidos y una mente absolutamente lúcida que me permitía darme cuenta que esta mudanza no sería temporal, sino para siempre. Todos los días solía decirle a mamá que quería estudiar la universidad en Lima para que planificara mi mudanza en los próximos años, pero jamás imaginé que ello se adelantaría cinco años antes. Mis tíos afirmaban que lo hacían por mi bien, aunque si me quedé a vivir con ellos en la capital fue, prácticamente, por un chantaje.

Había terminado el primer año de secundaria y si bien hasta el sexto de primaria la única niña por la que sentía atracción era Luisa, el año siguiente las cosas cambiaron bastante. Continué estudiando inglés, japonés y portugués. Iba a practicar tenis los fines de semana y nadaba entre semana. El colegio lo llevaba con mucha calma, pues me había cambiado de institución educativa a una donde los docentes no eran tan exigentes como antes. En la segunda mitad del año, mientras culminaba mi primero de secundaria, decidí empezar a estudiar italiano en el centro de idiomas de la Universidad Nacional de Trujillo. El curso duraba dos horas los martes y jueves en la noche; empezaba a las siete y terminaba a las nueve. A cada clase llegaba temprano y esperaba en el primer nivel hasta el inicio del taller. A veces llevaba un libro para leer u otras veces solamente repasaba mi libro de italiano.

Fueron diversas las oportunidades en las que llegaba antes de clase y no era el único, de hecho, recuerdo que había una señora y dos jóvenes más que también tenían esa puntualidad. Uno de los jóvenes, que ya era universitario, un día decidió hablarme. A partir de ese momento, nos volvimos muy cercanos dentro del instituto. No sé si llegamos a ser amigos, pues nunca le confié nada muy personal, pero cada vez que nos veíamos antes de nuestras clases, conversábamos. Él no estudiaba italiano, sino inglés, así que el único momento para conversar era antes del taller. Al salir, bajaba las escaleras tan rápido como podía para tomar el bus a casa, pues en Trujillo el transporte público antes transitaba hasta las nueve de la noche como máximo.

Luego de un par de meses de estudiar italiano, dejé el curso y comencé a estudiar alemán. Me inscribí en otro instituto muy cercano al anterior. Dejé de ver por unas semanas a mi compañero del otro instituto con quien compartía algunos momentos de ocio antes de nuestras clases. Sin embargo, como habíamos intercambiado números, un día recibí su mensaje. Desde allí, nunca dejamos de hablar. Nuestros diálogos eran infinitos en el messenger de Windows Live. Nos volvimos a ver un par de veces más cuando vino a recogerme de mi curso de alemán, pero luego ello dejó de suceder. Él tenía dieciocho o diecinueve años; yo tenía doce. Admito que mi madurez era como la de algún joven que había acabado el colegio, pues con él conversaba de temas vinculados a la política local y nacional. Él sí estaba inmerso en ese contexto, ya que estudiaba una carrera de humanidades. Durante las pocas veces que nos vimos, nunca le dije nada y él tampoco lo hizo. Ello ocurriría meses después, y fue por llamadas y mensajes de texto.

El año terminó y llegó el verano. Ya era costumbre viajar a Lima a visitar a la hermana de mi madre, mi tía. En Lima ella vivía con su esposo y sus hijas, mis primas. Le pedí a mamá que me comprara un pasaje para la primera semana de febrero, pues era la semana de cumpleaños de una de mis primas. Quería darle una sorpresa. Estaba emocionado por salir un momento de Trujillo. Había sido un año ligeramente pesado, a pesar de que ya estaba en otro colegio. Es verdad que ya no había el bullying con el que conviví durante mis seis años de primaria en el Perpetuo Socorro. Pero igual aún tenía algunos fantasmas que me acompañaban. Mi madre compró ese boleto de viaje y sin siquiera saberlo ella ni yo, había comprado un boleto que nos separaría para siempre. No volvía a vivir más en Trujillo. Luego de dos años en casa de mis tíos mi madre llegó a vivir con nosotros por su cáncer en etapa final. Esa ni siquiera era una convivencia. Era una atmósfera rara a la que no quería mirar. Nunca regresé a mi ciudad natal porque mis tíos encontraron mis mensajes con mi ex compañero de idiomas de Trujillo. Los leyeron y consideraron que necesitaba terapia psicológica. Me prometieron no contarle nada a mamá si me quedaba a terminar el colegio en Lima. No tuve otra opción. Mi adolescencia, antes de empezar, ya estaba rota.

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