Arte y Cultura
Tres días más: Ruraq maki – hecho a mano se queda hasta el 22 de diciembre en la sede central del Ministerio de Cultura
Los artesanos y artistas tradicionales de las 24 regiones del país, los esperan con sus hermosos productos. Ingreso es libre.
La mejor noticia por Navidad. La exposición – venta tradicional más importante del Perú, ‘Ruraq maki – hecho a mano’, se queda hasta este jueves 22 de diciembre, donde los maestras y maestros artesanos, y artistas tradicionales de diversos colectivos de los diferentes pueblos y etnias del país, estarán en la sede principal, en el mismo horario de 10:00 a.m. a 8:00 p.m., ofreciendo lo mejor de su arte.
La gran demanda y recepción de la gente, es que el Ministerio de Cultura, en coordinación con los representantes de los colectivos que participan en la exposición venta, se decidió ampliar los días de atención para continuar apreciando los productos de colección y adquirir piezas únicas de juguetería, joyería, ropa, artículos para el hogar, nacimientos, entre otros.
Es así que los esperamos a quiénes aún no han tenido la oportunidad de llegar hasta la sede de San Borja para elegir los bellos productos que se ofrecen. Todos ellos hechos a mano porque no hay mejor regalo que nuestra cultura.
Si eres de las personas que valora el arte tradicional, puedes darte una vuelta por los dos ambientes de exposición de Ruraq maki, donde podrás encontrar el regalo perfecto para las fiestas de navidad, con artículos que van desde los 5 soles. Precios accesibles para todos los bolsillos.
Para los más pequeños de la casa, los maestros Rafael Castrillón Lavalle y Flaviano Gonzales Rojas, ofrecen juguetes de madera, como los clásicos camiones y carritos de los 20 hasta los 45 soles; así como también los cajones decorativos a 25 soles. Flaviano Gonzales trae de Junín una variedad de juguetes didácticos confeccionados con maderas de aliso o de ciprés.
Cerámica, cuero y alfarería no se quedan atrás
Mientras que, en el stand de la Asociación de Artesanos Virgen del Pilar de Piura, podrás encontrar a doña Josefa Solano con una variedad de carteras tejidas con la paja toquilla de vistosos colores, con precios que van desde los 20 soles.
En tanto, la cerámica Awajún, elaborada por las mujeres de la Asociación de Madres Ceramistas del Cenepa, de la región Amazonas, es uno de los productos que mayor acogida tiene en la exposición – venta ‘Ruraq maki – hecho a mano’. Sus vasijas, tinajas, ollas, tazas y platos que combinan perfectamente la arcilla con resinas extraídas del bosque amazónico, se convierten en el regalo perfecto en esta navidad y los puedes encontrar en 10, 15, 25 y hasta 60 soles.
Así que no hay pretextos para venir a ‘Ruraq maki – hecho a mano’, que reúne a artesanos y artistas tradicionales en la sede del Ministerio de Cultura, hasta este jueves 22 de diciembre en el horario de las 10:00 a.m. a 8:00 p.m. El ingreso es libre y se realiza de manera peatonal por la puerta ubicada en la avenida Javier Prado Este 2465, en el distrito de San Borja. El ingreso vehicular es por la calle del Comercio (puerta 6). Los esperamos.
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Arte y Cultura
Gajes de un nadador
Desde los seis hasta los once años practiqué natación de forma regular en la academia Berendson de Trujillo. Los ex profesores Nicanor y Walter siempre estaban predispuestos a orientarnos en lo que necesitáramos. Nos llevaron a competencias locales y luego, dentro del colegio en el que mi hermana y yo estudiábamos, competimos en la misma disciplina con otras instituciones educativas. Acabó la primaria, me mudé a Lima y la natación quedó solo como un recuerdo.
Luego de terminar la secundaria, decidí ingresar un verano a la academia de la Federación Peruana de Natación ubicada en Jesús María; eran mis últimos años de adolescente. Me matriculé un verano y una vez culminado el curso de dos meses me invitaron a entrenar todos los días, pero por la academia universitaria decidí pausar el proceso que en ese momento practicaba con mucha ilusión. Ingresé a la universidad, luego me cambié de centro de estudios y también de carrera, y volví a olvidarme de la natación.
A los pocos años, luego de cinco aproximadamente, la ex novia de una amiga muy cercana me contó que estaba trabajando en la piscina municipal de un distrito aledaño a donde vivía. Ella era personal de salud y cumplía un horario laboral de lunes a viernes. Me preguntó si quería seguir nadando. Le respondí que sí. Sacó de su cartera cerca de siete tarjetas y me las entregó. Cada tarjeta era por un número aproximado de diez clases. Eso significaba que podía ir a nadar casi por tiempo indefinido por ese momento.
Asistí cerca de cuatro meses ininterrumpidos a la piscina municipal. Profesionalicé mi técnica, hice nuevos amigos y me prometí a mí mismo no volver a dejar este deporte. Nunca ocurrió. Una vez que se acabaron mis tarjetas de clases, tenía que pagar y no estaba en las condiciones para hacerlo. Acababa de mudarme de Pueblo Libre a Jesús María y estaba empezando una segunda carrera en otra universidad. Estaba en mis últimos ciclos del instituto de inglés y además de lo destinado a mi transporte y alimentación ya no me quedaba nada extra.
Pese a ya no ser alumno en la academia de natación municipal, a las semanas de haber concluido mis clases me acerqué a la piscina a consultar los costos de las clases. Me comentaron que ocho clases costaban doscientos veinte soles y doce clases un poco menos de trescientos soles. Sin embargo, tendría un cincuenta por ciento de descuento si era vecino del distrito. Consulté cómo podía corroborar si era vecino y me dijeron que si aún no figuraba mi dirección en mi DNI, podía mostrar un recibo de agua o luz con pagos que no estuvieran vencidos.
Ese día regresé de la piscina a mi casa un poco triste, aunque más estaba estresado. Me puse a pensar en quién podría prestarme un recibo. Llamé a dos amigos y me respondieron que ya se habían mudado. No tenía muchas opciones. Seguí pensando un poco más y apareció el nombre de un amigo al que no veía hace años. Recordé que me había ayudado hace tiempo a inscribirme como personero en una campaña electoral municipal y desde ahí solo manteníamos el contacto por redes sociales. Le envié un mensaje, aceptó y me convocó a su domicilio.
Llegué a la hora que me había indicado y esperé en la puerta de su edificio. Salió, nos dimos un abrazo y recibí el recibo de agua donde figuraba que era vecino puntual en el distrito. Le agradecí y quedamos en seguir conversando. Ese recibo me duró cerca de tres meses. Después, dejé la natación y no regresé hasta hace un par de años. Esta vez volví a la piscina del Campo de Marte. Hice ocho clases y le consulté al instructor si podía enseñarnos la técnica para lanzarnos a la piscina, es decir, cómo realizar un clavado. Nunca lo hizo, así que dejé de asistir.
Hace un mes, decidí matricularme nuevamente en otra academia de natación, esta vez, opté por la sede Lince de Aqualab. La verdad, un desastre. Ni bien me matriculé me comentaron que no aceptaban que los alumnos pagaran por horas libres, sino solo por clases. Quedé contento porque siempre he preferido tomar lecciones a practicar por mi cuenta. Con el transcurso de las semanas noté que ello era falso, pues muchos ciudadanos ingresaban al carril de su nivel de expertiz, pero nadaban lo que consideraban conveniente, mas no hacían la clase.
Hace unos días, ni bien empecé mis primeros cien metros, me crucé con un nadador principiante en mi carril. Todo estaría bien si no fuera porque me metió un puñetazo en el rostro. Mi cara quedó roja, pero en principio entendí que era un riesgo cuando practicamos ese deporte. No obstante, al comentarle al profesor lo que me había sucedido al final de la clase quedé perplejo con su respuesta. Me estaba dando la razón al decirme que era una persona sin técnica ni conocimientos de nado. Le increpé por qué había permitido que alguien así esté con quienes nos encontramos en un nivel más avanzado. No me respondió. A hacer el reclamo y el trámite administrativo. Gajes del día a día.
Arte y Cultura
Puntos suspensivos
Tenía trece años cumplidos y una mente absolutamente lúcida que me permitía darme cuenta que esta mudanza no sería temporal, sino para siempre. Todos los días solía decirle a mamá que quería estudiar la universidad en Lima para que planificara mi mudanza en los próximos años, pero jamás imaginé que ello se adelantaría cinco años antes. Mis tíos afirmaban que lo hacían por mi bien, aunque si me quedé a vivir con ellos en la capital fue, prácticamente, por un chantaje.
Había terminado el primer año de secundaria y si bien hasta el sexto de primaria la única niña por la que sentía atracción era Luisa, el año siguiente las cosas cambiaron bastante. Continué estudiando inglés, japonés y portugués. Iba a practicar tenis los fines de semana y nadaba entre semana. El colegio lo llevaba con mucha calma, pues me había cambiado de institución educativa a una donde los docentes no eran tan exigentes como antes. En la segunda mitad del año, mientras culminaba mi primero de secundaria, decidí empezar a estudiar italiano en el centro de idiomas de la Universidad Nacional de Trujillo. El curso duraba dos horas los martes y jueves en la noche; empezaba a las siete y terminaba a las nueve. A cada clase llegaba temprano y esperaba en el primer nivel hasta el inicio del taller. A veces llevaba un libro para leer u otras veces solamente repasaba mi libro de italiano.
Fueron diversas las oportunidades en las que llegaba antes de clase y no era el único, de hecho, recuerdo que había una señora y dos jóvenes más que también tenían esa puntualidad. Uno de los jóvenes, que ya era universitario, un día decidió hablarme. A partir de ese momento, nos volvimos muy cercanos dentro del instituto. No sé si llegamos a ser amigos, pues nunca le confié nada muy personal, pero cada vez que nos veíamos antes de nuestras clases, conversábamos. Él no estudiaba italiano, sino inglés, así que el único momento para conversar era antes del taller. Al salir, bajaba las escaleras tan rápido como podía para tomar el bus a casa, pues en Trujillo el transporte público antes transitaba hasta las nueve de la noche como máximo.
Luego de un par de meses de estudiar italiano, dejé el curso y comencé a estudiar alemán. Me inscribí en otro instituto muy cercano al anterior. Dejé de ver por unas semanas a mi compañero del otro instituto con quien compartía algunos momentos de ocio antes de nuestras clases. Sin embargo, como habíamos intercambiado números, un día recibí su mensaje. Desde allí, nunca dejamos de hablar. Nuestros diálogos eran infinitos en el messenger de Windows Live. Nos volvimos a ver un par de veces más cuando vino a recogerme de mi curso de alemán, pero luego ello dejó de suceder. Él tenía dieciocho o diecinueve años; yo tenía doce. Admito que mi madurez era como la de algún joven que había acabado el colegio, pues con él conversaba de temas vinculados a la política local y nacional. Él sí estaba inmerso en ese contexto, ya que estudiaba una carrera de humanidades. Durante las pocas veces que nos vimos, nunca le dije nada y él tampoco lo hizo. Ello ocurriría meses después, y fue por llamadas y mensajes de texto.
El año terminó y llegó el verano. Ya era costumbre viajar a Lima a visitar a la hermana de mi madre, mi tía. En Lima ella vivía con su esposo y sus hijas, mis primas. Le pedí a mamá que me comprara un pasaje para la primera semana de febrero, pues era la semana de cumpleaños de una de mis primas. Quería darle una sorpresa. Estaba emocionado por salir un momento de Trujillo. Había sido un año ligeramente pesado, a pesar de que ya estaba en otro colegio. Es verdad que ya no había el bullying con el que conviví durante mis seis años de primaria en el Perpetuo Socorro. Pero igual aún tenía algunos fantasmas que me acompañaban. Mi madre compró ese boleto de viaje y sin siquiera saberlo ella ni yo, había comprado un boleto que nos separaría para siempre. No volvía a vivir más en Trujillo. Luego de dos años en casa de mis tíos mi madre llegó a vivir con nosotros por su cáncer en etapa final. Esa ni siquiera era una convivencia. Era una atmósfera rara a la que no quería mirar. Nunca regresé a mi ciudad natal porque mis tíos encontraron mis mensajes con mi ex compañero de idiomas de Trujillo. Los leyeron y consideraron que necesitaba terapia psicológica. Me prometieron no contarle nada a mamá si me quedaba a terminar el colegio en Lima. No tuve otra opción. Mi adolescencia, antes de empezar, ya estaba rota.
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