NICARAGUA: Una herida que no cierra. Por Jorge Ortega Negreiros

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Desde el siglo pasado la historia de Nicaragua estuvo marcada por el dominio de las dictaduras. La familia Somoza dio inicio a este oprobioso sistema de gobierno. Durante 45 años tres Somoza, Anastasio I, y sus hijos, Luis y Anastasio II, se sucedieron en el poder gobernando a base a la represión y el genocidio. Se impuso el autoritarismo, basado en la figura del patrón, dueño de la tierra ganadera y de sus vidas. La democracia no fue nunca un concepto vigente, o ni siquiera existente. En Nicaragua siempre ha sido el caudillo el que ha triunfado sobre las instituciones y lamentablemente, continúa siendo así. De José Santos Zelaya a Anastasio Somoza y a Daniel Ortega.

A los tres los une su conducta absolutista, la falta de escrúpulos y la falta de piedad, la retórica vacía, la capacidad de dar la vuelta a las palabras para que signifiquen lo contrario de lo que realmente quieren decir.
Durante los ochenta, los años de la revolución sandinista, esas tentaciones del caudillismo existieron, pero no fueron realizables. El mismo origen diverso del sandinismo, basado en una coalición de fuerzas obligadas a mantener el equilibrio, lo evitó. En ese contexto Ortega fue designado como el más indicado para ser presidente del país, y secretario general del partido, mientras el poder se repartía en feudos.

Cuando Ortega asume la presidencia, asume también esa sensación de poder y la idea de que nunca dejará de pertenecerle. Más aún a partir de su triunfo en 2006 se convence que el poder le pertenece para siempre.
Por eso no tiene reparos que Camila Ortega, que una de sus ocho hijas sea su vicepresidenta. Pero hay más. Según “El País”, ocho de los nueve hijos de la “pareja presidencial” son asesores del gobierno, “controlan el negocio” del petróleo y dirigen canales de televisión y compañía de publicidad que licitan con el Estado. “Solo entre 2018 y 2019, el emporio mediático y publicitario de los hermanos percibió 936.000 dólares por contratos oficiales”, escribe el medio.

“El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, este viejo y sabio adagio parece ser desconocido o ignorado por el dictador nicaragüense Daniel Ortega, quien ahora pretende gobernar Nicaragua por quinta vez, para lo cual ha dictado una serie de leyes represivas y de persecución en contra de líderes demócratas de la oposición y del pueblo de ese país centroamericano.
Hoy, esta nueva tiranía enfrenta una insurrección que alcanza a todos los sectores sociales, pero el círculo vicioso de las guerras civiles parece romperse por primera vez. Se trata de fuerzas policiales y paramilitares armadas con fusiles de guerra, que actúan en conjunto, en contra de una población desarmada. Esta lucha desigual ha tenido un costo excesivo para un país tan pequeño, de apenas seis millones de habitantes: 400 muertos en tres meses. Pero es una lucha fundamentalmente cívica, esa es la novedad. Una novedad que es una esperanza.

Hasta el momento, ha decretado el encarcelamiento de más de 130 personalidades políticas democráticas a quienes, de acuerdo a su viejo estilo tirano, acusa ser traidores a los legítimos intereses de Nicaragua, sin importarle violar el ordenamiento jurídico constitucional y de tratados internacionales de derechos humanos, entre ellos la libertad de expresión y la libertad de prensa.
Este último fin de semana de la campaña preelectoral fueron detenidos más de diez opositores en Managua, argumentando que habían faltado a las normas militares, policiales y sociales, cuando en realidad lo que se busca es silenciar a los disidentes y a los medios de prensa.

Entre los líderes de la oposición se detuvo al vicepresidente de la Unión Democrática Renovadora (UNAMOS), Hugo Torres, antiguo defensor sandinista que arriesgó su vida en 1974 para liberar de la cárcel a Daniel Ortega por el supuesto delito de “traición a la patria”. Antes de ser apresado, en la clandestinidad ofreció declaraciones a los medios de prensa en donde remarcó que “el actual presidente de Nicaragua es un traidor de las causas más nobles que tiene el pueblo. Es igual al tirano Anastasio Somoza y a los miembros de su dinastía, que fue el más deleznable opresor del pueblo nicaragüense”.

Por su parte, el director de Alianza Cívica por la Justicia y Democracia, Juan Sebastián Chamorro, subrayó que la reforma legal que promete Daniel Ortega es absurda y busca amedrentar a la oposición. Opinó que “el dictador nicaragüense es el único que merece cadena perpetua en Nicaragua, por ser el principal asesino del pueblo nicaragüense” Agregó: “llamamos a desobedecer las normas que dicta el presidente Ortega”.

Este mismo clima de tensión y angustia se vivió hace 40 años, precisamente a partir de 1980, cuando el régimen sandinista decretó la persecución, detención y encarcelamiento de los aborígenes miskitos por el solo hecho de negarse a empuñar las armas para defender los intereses de los gobernantes de esa época, encabezados por Daniel Ortega.
Los miskitos, nativos nicaragüenses agricultores, pescadores, ganaderos y recolectores, se negaron acatar la orden por hecho de que su religión no permitía usar armas de fuego para luchar contra sus semejantes. Este argumento expuesto les costó ser encarcelados en los denominados campos de concentración que los sandinistas tenían en diferentes partes de su territorio.

El abuso cometido en contra de este pueblo indígena provocó que huyeran en masa de los campos de concentración y, cruzando el río Nueva Segovia, más de 100 mil miskitos alcanzaron su libertad en los pueblos ribereños de Honduras.
La fuga de los miskitos y su desplazamiento para reubicarse en Honduras y en otros países centroamericanos fueron cubiertos por el suscrito y el reportero gráfico Luis Talledo, como corresponsales de guerra del diario La Prensa. Este acontecimiento fue titulado “Miskitos protagonizan primer éxodo en el siglo XX”.

Esta información periodística fue considerada como primicia mundial por las agencias de noticias. Fuimos los únicos testigos del sufrimiento de un pueblo aborigen que hasta ahora sigue afrontando problemas sociales y persecuciones por parte de sus gobernantes.
Esta increíble experiencia ha sido plasmada en un libro que quedará como testimonio histórico de la lucha de los Miskitos contra la insania de los dictadores que pretendían, pretenden, desconocer sus derechos a la vida y desalojarlos de sus costumbres y creencias.
La edición del libro “Los Miskitos: la historia de un pueblo jamás conquistado” se encuentra en la etapa final.



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