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El talento de Chincha que ganó becas desde el colegio y hoy destaca en San Marcos

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El talento de Chincha que ganó becas desde el colegio y hoy destaca en San Marcos


Las matemáticas acompañaron a Giulio Apolaya Ronceros desde niño, convirtiéndose en su principal entretenimiento, al punto de dominarlas tan bien que participaba en concursos nacionales en representación de su colegio. Gracias a esta habilidad, no solo ingresó a los 17 años y al primer intento a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), sino también se convirtió en profesor de esta materia en una academia preuniversitaria. Hoy, a sus 20 años, se desenvuelve con éxito en la carrera de Ingeniería Industrial y ayuda al aprendizaje de sus compañeros a través del voluntariado en su casa de estudios. 

Giulio decidió estudiar Ingeniería Industrial, una carrera que, según menciona, le permite consolidar conocimientos de ciencias básicas, pero también reforzar las relaciones humanas y actividades administrativas. “No solo me gustaban las matemáticas, sino también el conectar, vincularme con las personas. Un ingeniero industrial, además de los cálculos que debe revisar, también debe conectarse con el grupo humano. Ese conjunto de habilidades me llamó la atención”, manifiesta. 

Sus primeros cursos de la carrera los llevó de forma virtual ante el contexto de la pandemia del COVID-19, pero esa modalidad no fue obstáculo para aprender y relacionarse con sus compañeros, quienes lo motivaron a participar de voluntariados de su universidad. Hasta la fecha, ha apoyado en diferentes iniciativas estudiantiles que buscan reforzar el aprendizaje de entre ellos mismos, tanto en temas especializados de la carrera, como en extracurriculares que potencian las habilidades blandas.  

En la actualidad, en su sexto ciclo, participa en el Coloquio de Estudiantes de Ingeniería Industrial de San Marcos, voluntariado en el que coordina con empresas e instituciones para que brinden conferencias, talleres, conversatorios y becas a los estudiantes de la UNMSM. Asimismo, dirige al equipo que lo apoya en estas funciones, mejorando sus propias habilidades blandas y también la de sus compañeros. 

“Las matemáticas me ayudaron mucho a mejorar mis capacidades cognitivas. Y llevar cursos extracurriculares que potencian las habilidades blandas, colaboran a tener más seguridad, a tener relaciones sociales más estables, a perder el miedo de mostrar quiénes somos”, resalta. 

Sus primeros pasos 

El talento natal de Chincha, Ica, recuerda muy bien el primer premio que obtuvo en estas competencias de matemáticas. Él cursaba el segundo de primaria y ganó un concurso nacional llevándose una computadora como reconocimiento a su esfuerzo. Su profesor vio su potencial y lo becó para prepararse en su academia preuniversitaria. “El participar desde pequeño en esos concursos me hizo creer que la meta que me proponga la puedo alcanzar porque tengo la capacidad para ello”, sostiene. 

Al culminar la secundaria, Giulio tenía una meta: estudiar en la Decana de América, una de las casas superiores de estudio más prestigiosas del país. Con el apoyo de sus padres, viajó hasta Lima, se hospedó con un familiar y se dedicó a prepararse con disciplina para lograr su objetivo. Una noche en el bus de regreso a Chincha, y junto a su madre que lo había visitado para dar su examen de admisión, se enteró de que había logrado ingresar en su primer intento a la Universidad San Marcos. 

La UNMSM, fundada en 1551, es reconocida como la universidad más antigua de América. En sus aulas albergó a los principales gestores de la independencia y a personajes ilustres. Obtuvo el licenciamiento institucional de la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu) en 2018 gracias a su calidad educativa. Ofrece 66 carreras profesionales de pregrado, como Medicina Humana, Genética y Biotecnología, Ingeniería Biomédica, Ingeniería Civil, Ingeniería Geológica y Economía Internacional. 

Antes de iniciar sus clases, Giulio comenzó a enseñar matemáticas en la academia preuniversitaria en la que se había preparado. El director de la institución le informó sobre Beca 18 del Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo (Pronabec) del Ministerio de Educación, concurso dirigido a talentos de escasos recursos económicos o en situación de vulnerabilidad para que estudien una carrera con todos los gastos cubiertos por el Estado peruano. Postuló y logró ser uno de los ganadores.  

“A los jóvenes les aconsejo a participar de toda actividad extracurricular como voluntariados. Estas experiencias te permitirán conocer a gente que pueda aconsejarte y orientarte en ciertos temas de gran valor. También aprenderás a relacionarte y a compartir tus conocimientos con otras personas. Estas acciones te demostrarán que estás siendo parte una acción importante a la sociedad”, subraya Giulio. 



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Pamela

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Pamela

Mi compañera de carpeta en la clase del instituto es Pamela, una joven natural de Ica con muchas ganas de convertirse en comunicadora. Nuestra lección en el octavo piso del instituto culmina, y nos dirigimos hacia el ascensor. Nos acompañan nuestros demás compañeros del grupo de amigos que tenemos. Somos cinco en total y todos vamos rumbo al primer nivel. Son un poco más de las nueve de la noche, y pareciera que ninguno de nosotros tenemos apremio en regresar a casa porque en lugar de dirigirnos hacia la salida vamos rumbo a la cafetería. Nos miramos, sacamos nuestros celulares y no pronunciamos ninguna palabra. Pamela y yo tenemos un pendiente: un diálogo que hace más de una semana nos debemos. Ella y yo nos dirigimos hacia la última banca frente al establecimiento de comida que el instituto tiene, e inmediatamente el resto del grupo nos siguen. Guardo en mi bolsillo izquierdo mi móvil y le sonrío a Pamela. Los demás, probablemente, se acaban de dar cuenta que necesito privacidad con Pamela y se despiden instantáneamente. Mientras se esfuman por el largo pasadizo que los conduce a la puerta principal, ella me pregunta qué deseo decirle. Empezamos la entrevista.

Me advierte que evite las preguntas incómodas. No le hago caso. Empezamos una amena conversación hablando de cómo ingresó al mundo del modelaje. Me dice que llegó gracias a una amiga que conoció en la escuela de Marina Mora. Anteriormente, Pamela también ha bailado ballet profesional, danza inculcada por su padre. Sus ojos le brillan y supongo que es porque quiere hablar de su carrera como modelo. No me equivoco. Con un exacerbado entusiasmo me cuenta de sus participaciones en diversos eventos, tales como en canales de televisión nacional y en provincias. Sin embargo, la experiencia que jamás olvidará sucedió hace un año, y fue cuando logró consagrarse como «Miss Teen Turismo 2014». Por otro lado, me confiesa que el trajín es un inconveniente latente en quienes ejercen esta profesión. En sus épocas de modelo tenía horarios inflexibles que incluso lograron que baje su rendimiento académico. No obstante, la satisfacción de recibir una remuneración por su trabajo aparentemente sencillo era su mejor recompensa. No hay duda que como anfitriona o modelo ganaba muy bien.

La anorexia y bulimia se hacen presentes casi siempre en esta carrera me dice con suma tranquilidad. El escudo que utilizan cuando dejan de comer es la falta de tiempo o el querer bajar de peso. Y a pesar de que se les reitere que demasiado delgadas están, ellas no lo creen. Pamela, de esto no ha sido ajena, pues me comenta que hubo meses en los que no ingería sus alimentos necesarios. Esto se debía a dos factores: horarios y decisión propia. Acto seguido me confiesa que la verdadera razón para que se limitara en sus comidas se debía a las «reglas» impuestas sobre su peso, estatura y contextura dentro del entorno artístico. Llegó a pesar cincuenta y siete kilos, un peso idóneo para cualquier señorita que ostenta un metro setenta y dos de altura; mas eso no le duraría mucho tiempo. Hoy con algunos kilos de más dice aún no acostumbrarse a su cuerpo pues por un buen tiempo se vio demasiado delgada. Al mismo tiempo asegura sentirse calmada al contar con un peso regular. Su relación con Marina es de lo mejor. En los cinco años que se conocen la ha apoyado y brindado múltiples oportunidades. Un claro ejemplo se dio cuando terminó sus estudios de modelaje, y la reconocida modelo llamó a Pamela para que dictara clases en su academia. Su año de aprendizaje fue fructífero, al final.

Actualmente tiene novio. No es su enamorado, por si acaso. Acá es imprescindible que ponga énfasis en el término debido a una razón estrictamente ligada a discernir entre un concepto y otro. Para ella, el noviazgo implica compromiso, algo que ambos poseen. Jorge, su novio y mejor amigo, estudia fotografía en otro instituto. Le lleva casi diez años y es prácticamente vecino suyo. Ambos se conocieron en Ica cuando estudiaban comunicaciones en la universidad que posteriormente dejarían para venir a Lima en tiempos diferentes. Piensan viajar, pero sus prioridades son finalizar sus carreras. Los siete meses de relación que llevan la ilusionan a aspirar a su independización. Es evidente que Pamela está enamorada.

Tengo la sensación de que los minutos han transcurrido más lento de lo habitual. No han pasado ni treinta desde que dimos inicio a nuestra conversación, pero siento que llevamos horas. Es raro, pero real. Damos por terminada nuestra entrevista con un beso en la mejilla. Ella se queda aún en el instituto. Se queda esperando a su novio, quien estudia a dos cuadras y en aproximadamente quince minutos más saldrá de clase. Yo no puedo quedarme con ella, así que me marcho. Saco mis auriculares y me pierdo entre las calles miraflorinas escuchando el último hit de Sia. «Chandelier» me hace soñar despierto.

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Amor en el primer set

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Amor en el primer set

De lo que ocurrió en la fiesta recuerdo poco, casi nada. Estuve consciente hasta las tres de la mañana y luego, borré cassette. Había tomado casi cinco chilcanos sin pausa. Definitivamente, si no perdí el conocimiento antes fue por suerte, nada más que eso. La celebración lo ameritaba. El lanzamiento de Volver merecía disfrutarse. El set de la primera DJ estaba por terminar y yo, la verdad, había dejado de prestarle atención. Ese día era, por coincidencia, el cumpleaños de una persona muy especial para mí, y un par de días antes, le había prometido celebrarle en medio de la fiesta que con algunos amigos estaba organizando. Eso me tenía estresado. Luego pensé que no debí haberlo incluido en la fiesta, pero no podía desinvitarlo. Además, en unas horas volaba a Berlín y ni siquiera tenía mi maleta lista. Me serví otro chilcano para dejar de pensar que las cosas podrían no salir como las tenía planificadas.

Terminó el primer set y el siguiente DJ era un amigo a quien conocía recién. En ese momento, él tenía el deber de encender un poco más el ambiente. Él estaba empezando a tocar al mismo tiempo que mi teléfono empezaba a vibrar. Una nueva asistente había llegado. Estaba en la puerta principal de mi edificio. Me acababa de enviar un mensaje de whatsapp. Lo dejé tocando un poco de electrónica mientras me apuraba en pedir el ascensor. La recién llegada asistente era una persona completamente nueva para mí. Se había enterado de la fiesta por el póster que elaboré y donde redacté mi dirección en Lince detalladamente. Ella no era de Lima ni radicaba en la capital, pero por esos días estaba aquí. Nos saludamos en la entrada, le di la bienvenida y me presentó a su amigo, quien lo acompañaba esa noche.

Subimos, ingresamos al departamento y les invité dos vasos de chilcanos. Ella era alta, había venido con un pantalón ajustado y un bolso bastante pequeño y sobrio. Ella bailaba al ritmo de la música que mi amigo tocaba. Parecía ser la única que realmente estaba disfrutando de sus canciones. Los demás estaban entretenidos en sus conversaciones y ni siquiera le estaban prestando atención a la música. Ella lo miraba con admiración y luego empezaba a grabar algunos videos para inmortalizar el momento. Él no perdía la concentración y continuaba con su playlist como si su performance fuera a tener calificación o se tratara de una evaluación.

El reloj bordeó las dos de la mañana y varios de los asistentes comenzaron a retirarse. Empezaron los abrazos, los cruces de mano y los besos. Algunos se me acercaban para agradecerme por haberlos invitado y otros solo me hacían señas para que les abra la puerta y les facilite su salida. Mientras todo ello ocurría, él seguía concentrado en la consola y ella compartía risas cómplices con su amigo. Les ofrecí un trago más a cada uno, me aceptaron, pero me comentaron que luego de ello tenían que retirarse. No recuerdo bien si regresaban a casa o se iban a otra fiesta.

Terminaron sus chilcanos y se acercaron a la puerta. Entendí que esa era la señal para que vaya a despedirlos. Saqué rápidamente mi juego de llaves, dejé mi vaso con agua en la mesa y los acompañé al primer piso. Mi departamento estaba en un piso diez, así que en el transcurso del viaje en el ascensor seguro conversamos algo que en este momento ya he olvidado por completo. Les abrí la puerta principal y se quedaron afuera pese a mi insistencia de que los podía esperar hasta que llegara su movilidad.

Luego de unos meses, cuando ya había viajado y estaba con mi amigo en el teléfono, me confesó que se había enamorado de la chica de aquella vez. Tal vez el verbo preciso no fue enamorar, tal vez fue solo un gusto. Pero él había sentido una atracción que era imposible de ocultar. Le pregunté si la conocía. Me lo negó. Me preguntó cómo llegó ese día a la fiesta. Le dije que me escribió por interno. Ella no fue la única que lo hizo, además. Mis datos estaban explícitamente redactados en el flyer que hice para la fiesta. Él me admitió que le habría gustado intercambiar alguna conversación con ella esa noche en la fiesta. Le dije que era mejor si le escribía a su cuenta de Instagram. «Ya lo hice», me respondió fríamente. Ojalá la vida los vuelva a juntar, aunque sea para que tengan esa conversación que la fiesta les impidió concretar.

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