Arte y Cultura
Un Halloween de chilcanos y cuba libres
Un par de días antes de la noche de Halloween, recibí una llamada inesperada cerca de las siete de la mañana. Justo había terminado mi entrenamiento de natación y estaba recogiendo mi mochila para irme a las duchas cuando mi teléfono empezó a timbrar. Era Anita, la encargada del club alemán en Lima. Necesitaba mi apoyo. Me preguntó si estaba libre al día siguiente. Le pregunté por qué. Pensé al principio que me estaba invitando a salir o algo similar, pero me equivoqué. Ella necesitaba a alguien más en la barra del club para la noche de brujas y yo era su opción. Acepté y colgué.
La noche del viernes 31 empezó cerca a la medianoche, prácticamente, toda la fiesta transcurrió durante la madrugada completa del 1 de noviembre. La gente empezó a llegar al club desde que se abrieron las puertas. Algunos venían disfrazados, otros solo con su ropa cómoda y listos para bailar. Mientras el público ingresaba, Yeny y yo estábamos alistando todo en la barra para recibir a los clientes con más ganas de tomar un trago desde el minuto cero de la noche.
Primero me pidieron un chilcano y después dos cubalibres. Era un joven de nacionalidad extranjera. Estaba con un polo sin mangas color blanco y parecía que había venido solo. Me pidió que le entregue un trago solamente y los demás los pediría después. No hizo falta que Yeny me hiciera una inducción en la barra. Ni bien llegué ese día, recordé mis épocas en la cafetería que unos años atrás administraba, ya que por aquel tiempo yo me dedicaba también a preparar los cócteles.
Luego de media hora de iniciada la fiesta, llegó uno de mis invitados. Octavio, un amigo a quien conocí hace unos meses en una reunión, había llegado directamente desde la oficina. Le ofrecí un trago y me pidió que le guardara su mochila y casaca. Accedí rápidamente; unas semanas atrás él nos había apoyado tomando fotos en el club de forma gratuita. Octavio había llegado solo, así que lo animé a que ingrese a la pista de baile y socialice un poco.
Una hora después, llegó Joaquín, un joven a quien conocí hace un año en el mismo local de casualidad. Ese día, previo a la fiesta, me había escrito para preguntarme si podía añadirlo a mi lista de invitados. Llegó con dos amigos de su edad. Joaquín se animó a participar del concurso que teníamos en el club: girar una ruleta para ver si podías ganarte un trago. Perdió en la primera oportunidad, pero ganó en la segunda. El reto que debía cumplir era abrazar a una persona y eso hizo con Anita, la encargada del club. Anita había tomado apenas dos tragos y tres shots, pero ya lucía algo más feliz y enérgica de lo normal. Yo estaba feliz de ver a todos con ese ritmo. Joaquín, una vez culminado su reto, había ganado su shot de ron.
Los retos que tenía la ruleta eran casi similares y la mayoría era para ganar. En algunos de ellos, el cliente debía invitar a un desconocido a bailar, o pedirle alguna de sus redes sociales e inclusive, su número de teléfono. Uno de los retos más difíciles, tal vez, de cumplirse eran los que solicitaban que los concursantes se besen o tengan un beso entre tres personas. Durante toda la noche, solo un joven aceptó el reto del beso entre tres y lo hizo junto a dos chicas, que aparentemente eran sus amigas. Confieso que si me tocaba a mí ese reto, no lo habría hecho.
La noche continuó y cerca de las tres de la madrugada cuando el local empezó a quedar algo vacío, empezó a llegar un nuevo público. El club se volvió a llenar. Muchas personas que acababan de llegar estaban disfrazadas: o venían recién de casa o de otra fiesta y querían terminar su noche de Halloween con nosotros. De todos ellos, quien me llamó más la atención fue un joven que llegó vestido de un dibujo animado. Estaba con tres amigos más que habían llegado igual que él disfrazados. Pidieron algunos tragos y, luego de que uno de ellos me contara que ese día era su cumpleaños, opté por regalarle un shot extra.
Cerca de las cuatro de la mañana mi cuerpo estaba realmente agotado. Había quedado con Anita en quedarme en la barra solo hasta las tres de la mañana, aunque en lo personal me había programado hasta las tres y treinta, pero era imposible retirarse si veía que en barra se quedaba solamente Yeny. Ella es muy responsable y cumplida, pero es humanamente inviable que realice todas las tareas sin apoyo. A las cuatro de la mañana me retiré de la barra para bailar un poco, pero continué regresando para lavar algunos vasos que llegaban al lavatorio y se iban acumulando.
A las seis de la mañana estaba programado el final de la fiesta. Al final, me retiré y dejé al público todavía bailando. La energía estaba en cada esquina y los DJs parecían no tener idea de que ya había amanecido. Recordé por algunos segundos mis épocas de fiestas luego de terminada la secundaria cuando bailaba sin importar la hora y solo regresaba a casa cuando mi cuerpo ya no tenía fuerzas para seguir de pie. Fue una noche mágica y divertida. Ojalá se repita.
Arte y Cultura
Pamela
Mi compañera de carpeta en la clase del instituto es Pamela, una joven natural de Ica con muchas ganas de convertirse en comunicadora. Nuestra lección en el octavo piso del instituto culmina, y nos dirigimos hacia el ascensor. Nos acompañan nuestros demás compañeros del grupo de amigos que tenemos. Somos cinco en total y todos vamos rumbo al primer nivel. Son un poco más de las nueve de la noche, y pareciera que ninguno de nosotros tenemos apremio en regresar a casa porque en lugar de dirigirnos hacia la salida vamos rumbo a la cafetería. Nos miramos, sacamos nuestros celulares y no pronunciamos ninguna palabra. Pamela y yo tenemos un pendiente: un diálogo que hace más de una semana nos debemos. Ella y yo nos dirigimos hacia la última banca frente al establecimiento de comida que el instituto tiene, e inmediatamente el resto del grupo nos siguen. Guardo en mi bolsillo izquierdo mi móvil y le sonrío a Pamela. Los demás, probablemente, se acaban de dar cuenta que necesito privacidad con Pamela y se despiden instantáneamente. Mientras se esfuman por el largo pasadizo que los conduce a la puerta principal, ella me pregunta qué deseo decirle. Empezamos la entrevista.
Me advierte que evite las preguntas incómodas. No le hago caso. Empezamos una amena conversación hablando de cómo ingresó al mundo del modelaje. Me dice que llegó gracias a una amiga que conoció en la escuela de Marina Mora. Anteriormente, Pamela también ha bailado ballet profesional, danza inculcada por su padre. Sus ojos le brillan y supongo que es porque quiere hablar de su carrera como modelo. No me equivoco. Con un exacerbado entusiasmo me cuenta de sus participaciones en diversos eventos, tales como en canales de televisión nacional y en provincias. Sin embargo, la experiencia que jamás olvidará sucedió hace un año, y fue cuando logró consagrarse como «Miss Teen Turismo 2014». Por otro lado, me confiesa que el trajín es un inconveniente latente en quienes ejercen esta profesión. En sus épocas de modelo tenía horarios inflexibles que incluso lograron que baje su rendimiento académico. No obstante, la satisfacción de recibir una remuneración por su trabajo aparentemente sencillo era su mejor recompensa. No hay duda que como anfitriona o modelo ganaba muy bien.
La anorexia y bulimia se hacen presentes casi siempre en esta carrera me dice con suma tranquilidad. El escudo que utilizan cuando dejan de comer es la falta de tiempo o el querer bajar de peso. Y a pesar de que se les reitere que demasiado delgadas están, ellas no lo creen. Pamela, de esto no ha sido ajena, pues me comenta que hubo meses en los que no ingería sus alimentos necesarios. Esto se debía a dos factores: horarios y decisión propia. Acto seguido me confiesa que la verdadera razón para que se limitara en sus comidas se debía a las «reglas» impuestas sobre su peso, estatura y contextura dentro del entorno artístico. Llegó a pesar cincuenta y siete kilos, un peso idóneo para cualquier señorita que ostenta un metro setenta y dos de altura; mas eso no le duraría mucho tiempo. Hoy con algunos kilos de más dice aún no acostumbrarse a su cuerpo pues por un buen tiempo se vio demasiado delgada. Al mismo tiempo asegura sentirse calmada al contar con un peso regular. Su relación con Marina es de lo mejor. En los cinco años que se conocen la ha apoyado y brindado múltiples oportunidades. Un claro ejemplo se dio cuando terminó sus estudios de modelaje, y la reconocida modelo llamó a Pamela para que dictara clases en su academia. Su año de aprendizaje fue fructífero, al final.
Actualmente tiene novio. No es su enamorado, por si acaso. Acá es imprescindible que ponga énfasis en el término debido a una razón estrictamente ligada a discernir entre un concepto y otro. Para ella, el noviazgo implica compromiso, algo que ambos poseen. Jorge, su novio y mejor amigo, estudia fotografía en otro instituto. Le lleva casi diez años y es prácticamente vecino suyo. Ambos se conocieron en Ica cuando estudiaban comunicaciones en la universidad que posteriormente dejarían para venir a Lima en tiempos diferentes. Piensan viajar, pero sus prioridades son finalizar sus carreras. Los siete meses de relación que llevan la ilusionan a aspirar a su independización. Es evidente que Pamela está enamorada.
Tengo la sensación de que los minutos han transcurrido más lento de lo habitual. No han pasado ni treinta desde que dimos inicio a nuestra conversación, pero siento que llevamos horas. Es raro, pero real. Damos por terminada nuestra entrevista con un beso en la mejilla. Ella se queda aún en el instituto. Se queda esperando a su novio, quien estudia a dos cuadras y en aproximadamente quince minutos más saldrá de clase. Yo no puedo quedarme con ella, así que me marcho. Saco mis auriculares y me pierdo entre las calles miraflorinas escuchando el último hit de Sia. «Chandelier» me hace soñar despierto.
Arte y Cultura
Amor en el primer set
De lo que ocurrió en la fiesta recuerdo poco, casi nada. Estuve consciente hasta las tres de la mañana y luego, borré cassette. Había tomado casi cinco chilcanos sin pausa. Definitivamente, si no perdí el conocimiento antes fue por suerte, nada más que eso. La celebración lo ameritaba. El lanzamiento de Volver merecía disfrutarse. El set de la primera DJ estaba por terminar y yo, la verdad, había dejado de prestarle atención. Ese día era, por coincidencia, el cumpleaños de una persona muy especial para mí, y un par de días antes, le había prometido celebrarle en medio de la fiesta que con algunos amigos estaba organizando. Eso me tenía estresado. Luego pensé que no debí haberlo incluido en la fiesta, pero no podía desinvitarlo. Además, en unas horas volaba a Berlín y ni siquiera tenía mi maleta lista. Me serví otro chilcano para dejar de pensar que las cosas podrían no salir como las tenía planificadas.
Terminó el primer set y el siguiente DJ era un amigo a quien conocía recién. En ese momento, él tenía el deber de encender un poco más el ambiente. Él estaba empezando a tocar al mismo tiempo que mi teléfono empezaba a vibrar. Una nueva asistente había llegado. Estaba en la puerta principal de mi edificio. Me acababa de enviar un mensaje de whatsapp. Lo dejé tocando un poco de electrónica mientras me apuraba en pedir el ascensor. La recién llegada asistente era una persona completamente nueva para mí. Se había enterado de la fiesta por el póster que elaboré y donde redacté mi dirección en Lince detalladamente. Ella no era de Lima ni radicaba en la capital, pero por esos días estaba aquí. Nos saludamos en la entrada, le di la bienvenida y me presentó a su amigo, quien lo acompañaba esa noche.
Subimos, ingresamos al departamento y les invité dos vasos de chilcanos. Ella era alta, había venido con un pantalón ajustado y un bolso bastante pequeño y sobrio. Ella bailaba al ritmo de la música que mi amigo tocaba. Parecía ser la única que realmente estaba disfrutando de sus canciones. Los demás estaban entretenidos en sus conversaciones y ni siquiera le estaban prestando atención a la música. Ella lo miraba con admiración y luego empezaba a grabar algunos videos para inmortalizar el momento. Él no perdía la concentración y continuaba con su playlist como si su performance fuera a tener calificación o se tratara de una evaluación.
El reloj bordeó las dos de la mañana y varios de los asistentes comenzaron a retirarse. Empezaron los abrazos, los cruces de mano y los besos. Algunos se me acercaban para agradecerme por haberlos invitado y otros solo me hacían señas para que les abra la puerta y les facilite su salida. Mientras todo ello ocurría, él seguía concentrado en la consola y ella compartía risas cómplices con su amigo. Les ofrecí un trago más a cada uno, me aceptaron, pero me comentaron que luego de ello tenían que retirarse. No recuerdo bien si regresaban a casa o se iban a otra fiesta.
Terminaron sus chilcanos y se acercaron a la puerta. Entendí que esa era la señal para que vaya a despedirlos. Saqué rápidamente mi juego de llaves, dejé mi vaso con agua en la mesa y los acompañé al primer piso. Mi departamento estaba en un piso diez, así que en el transcurso del viaje en el ascensor seguro conversamos algo que en este momento ya he olvidado por completo. Les abrí la puerta principal y se quedaron afuera pese a mi insistencia de que los podía esperar hasta que llegara su movilidad.
Luego de unos meses, cuando ya había viajado y estaba con mi amigo en el teléfono, me confesó que se había enamorado de la chica de aquella vez. Tal vez el verbo preciso no fue enamorar, tal vez fue solo un gusto. Pero él había sentido una atracción que era imposible de ocultar. Le pregunté si la conocía. Me lo negó. Me preguntó cómo llegó ese día a la fiesta. Le dije que me escribió por interno. Ella no fue la única que lo hizo, además. Mis datos estaban explícitamente redactados en el flyer que hice para la fiesta. Él me admitió que le habría gustado intercambiar alguna conversación con ella esa noche en la fiesta. Le dije que era mejor si le escribía a su cuenta de Instagram. «Ya lo hice», me respondió fríamente. Ojalá la vida los vuelva a juntar, aunque sea para que tengan esa conversación que la fiesta les impidió concretar.
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