Arte y Cultura
Ministro Ciro Gálvez anuncia posible retorno de la milenaria Estela de Chavín a Áncash
El ministro de Cultura, Ciro Gálvez Herrera, anunció el retorno de la milenaria escultura de la Estela de Chavín a la región Áncash, donde fue descubierta en 1840 por el poblador de Chavín, Timoteo Espinoza.
Haciendo eco al pedido del distrito de Chavín de Huántar y las comunidades originarias de dicha región del país, así como de las autoridades, quienes solicitaron la devolución de la pieza, el ministro sostuvo que se realizará un estudio previo para definir el traslado y conservación de la histórica Estela, que se encuentra desde hace 150 años en Lima.
“Si el deseo de los ancashinos es llevar la Estela a Chavín, entonces podrán hacerlo. La solicitud es viable, pero se debe realizar un estudio que permita constatar su situación actual y a dónde sería trasladado. Es necesario que se presenten las garantías del caso para su traslado y el compromiso de su preservación en Áncash. El ministerio tendrá el compromiso de cuidarla hasta garantizar su traslado”, señaló el ministro.
“Necesitamos hacer un estudio para la factibilidad de su traslado, previa constatación del museo de Chavín, el permiso se puede dar. Necesitamos todas las garantías del caso”, enfatizo.
Esta afirmación la hizo durante la reunión que sostuvo con el congresista Darwin Espinoza, representante de la región Áncash y los consejeros regionales de Áncash. También estuvo como invitado el alcalde provincial de Casma, Luis Alarcón.
La Estela de Chavín se encuentra en la actualidad en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, ubicado en Pueblo Libre.
“Cada pueblo es dueño de su patrimonio cultural y es con relación a ello que los pueblos originarios de la zona deben también participar de esta iniciativa. La Estela es su patrimonio», afirmó el ministro en la reunión.
ESTELA DE CHAVÍN
Según señala el reconocido arqueólogo Luis Lumbreras, la Estela refleja el estilo artístico de la cultura Chavín, que se desarrolló especialmente en la provincia de Huari, y que fue uno de los principales centros religiosos y culturales del hemisferio occidental.
Fue el primer objeto de estilo Chavín que se dio a conocer y por su complicada decoración metafórica, probablemente pertenece a la época tardía de Chavín, entre los siglos VIII y V a.C.
Se trata de una losa de granito de 1,98 m de alto por 74 cm de ancho, que tiene tallada en una de sus caras la representación de la divinidad principal de los Chavín en la época del templo nuevo. El personaje representado corresponde, a una divinidad antropomorfa felinizada, de pie, vista de frente, con los brazos abiertos, sosteniendo en cada mano, una especie de báculos. Las manos y los pies terminan en garras.
La Estela fue descubierta en Chavín de Huántar por el geógrafo italiano Antonio Raimondi, quien habría impulsado su traslado a Lima para su estudio y conservación. Esto sucedió al conmemorar los primeros 50 años de la República, en 1871, cuando fue instalado en el Palacio de la Exposición, que hoy es el Parque de la Exposición.
Actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, donde se realizaron trabajos de conservación tras sufrir daños en el terremoto de Lima en 1940.
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Amor en el primer set
De lo que ocurrió en la fiesta recuerdo poco, casi nada. Estuve consciente hasta las tres de la mañana y luego, borré cassette. Había tomado casi cinco chilcanos sin pausa. Definitivamente, si no perdí el conocimiento antes fue por suerte, nada más que eso. La celebración lo ameritaba. El lanzamiento de Volver merecía disfrutarse. El set de la primera DJ estaba por terminar y yo, la verdad, había dejado de prestarle atención. Ese día era, por coincidencia, el cumpleaños de una persona muy especial para mí, y un par de días antes, le había prometido celebrarle en medio de la fiesta que con algunos amigos estaba organizando. Eso me tenía estresado. Luego pensé que no debí haberlo incluido en la fiesta, pero no podía desinvitarlo. Además, en unas horas volaba a Berlín y ni siquiera tenía mi maleta lista. Me serví otro chilcano para dejar de pensar que las cosas podrían no salir como las tenía planificadas.
Terminó el primer set y el siguiente DJ era un amigo a quien conocía recién. En ese momento, él tenía el deber de encender un poco más el ambiente. Él estaba empezando a tocar al mismo tiempo que mi teléfono empezaba a vibrar. Una nueva asistente había llegado. Estaba en la puerta principal de mi edificio. Me acababa de enviar un mensaje de whatsapp. Lo dejé tocando un poco de electrónica mientras me apuraba en pedir el ascensor. La recién llegada asistente era una persona completamente nueva para mí. Se había enterado de la fiesta por el póster que elaboré y donde redacté mi dirección en Lince detalladamente. Ella no era de Lima ni radicaba en la capital, pero por esos días estaba aquí. Nos saludamos en la entrada, le di la bienvenida y me presentó a su amigo, quien lo acompañaba esa noche.
Subimos, ingresamos al departamento y les invité dos vasos de chilcanos. Ella era alta, había venido con un pantalón ajustado y un bolso bastante pequeño y sobrio. Ella bailaba al ritmo de la música que mi amigo tocaba. Parecía ser la única que realmente estaba disfrutando de sus canciones. Los demás estaban entretenidos en sus conversaciones y ni siquiera le estaban prestando atención a la música. Ella lo miraba con admiración y luego empezaba a grabar algunos videos para inmortalizar el momento. Él no perdía la concentración y continuaba con su playlist como si su performance fuera a tener calificación o se tratara de una evaluación.
El reloj bordeó las dos de la mañana y varios de los asistentes comenzaron a retirarse. Empezaron los abrazos, los cruces de mano y los besos. Algunos se me acercaban para agradecerme por haberlos invitado y otros solo me hacían señas para que les abra la puerta y les facilite su salida. Mientras todo ello ocurría, él seguía concentrado en la consola y ella compartía risas cómplices con su amigo. Les ofrecí un trago más a cada uno, me aceptaron, pero me comentaron que luego de ello tenían que retirarse. No recuerdo bien si regresaban a casa o se iban a otra fiesta.
Terminaron sus chilcanos y se acercaron a la puerta. Entendí que esa era la señal para que vaya a despedirlos. Saqué rápidamente mi juego de llaves, dejé mi vaso con agua en la mesa y los acompañé al primer piso. Mi departamento estaba en un piso diez, así que en el transcurso del viaje en el ascensor seguro conversamos algo que en este momento ya he olvidado por completo. Les abrí la puerta principal y se quedaron afuera pese a mi insistencia de que los podía esperar hasta que llegara su movilidad.
Luego de unos meses, cuando ya había viajado y estaba con mi amigo en el teléfono, me confesó que se había enamorado de la chica de aquella vez. Tal vez el verbo preciso no fue enamorar, tal vez fue solo un gusto. Pero él había sentido una atracción que era imposible de ocultar. Le pregunté si la conocía. Me lo negó. Me preguntó cómo llegó ese día a la fiesta. Le dije que me escribió por interno. Ella no fue la única que lo hizo, además. Mis datos estaban explícitamente redactados en el flyer que hice para la fiesta. Él me admitió que le habría gustado intercambiar alguna conversación con ella esa noche en la fiesta. Le dije que era mejor si le escribía a su cuenta de Instagram. «Ya lo hice», me respondió fríamente. Ojalá la vida los vuelva a juntar, aunque sea para que tengan esa conversación que la fiesta les impidió concretar.
Arte y Cultura
Antes de Australia
El año pasado decidí por segunda vez en mi vida que quería ganar mayor conocimiento en la práctica de calistenia. La verdad es que apenas la había practicado tan solo una vez un año anterior. Aquella vez, fue con un vecino con el que durante un mes entero coincidimos en el Parque Castilla de Lince a las seis de la mañana. Él me apoyaba con mis rutinas y yo le obedecía: sabía que si quería lograr un mejor cuerpo tenía que entrenar como él. Luego de cuatro semanas, dejé de frecuentar el parque y perdimos contacto.
Cuando varios meses después decidí regresar a practicar ese deporte, me sentía más pesado, pero aún con el ánimo de que mejoraría rápidamente. Mi ex compañero de calistenia ya no iba más a practicar porque me contó que se había mudado a los Estados Unidos con su madre. Al final no importaba si entrenaba solo: lo importante era hacer deporte. Regresé al parque Castilla una tarde de sábado, después de manejar bici por casi una hora. Me ubiqué en una de las barras y me propuse hacer diez dominadas. Apenas hice tres consecutivas. No solo carecía de la fuerza que ese deporte exigía, sino que estaba bastante perdido en relación a los demás muchachos que estaban a mi alrededor.
Daniel, un joven que estaba practicando en una de las barras del costado, me preguntó si era nuevo en ese deporte. Le respondí que sí y empezamos a conversar. Las dos horas que estuvimos ahí transcurrieron rápidamente y llegó la hora de regresar cada uno a casa. Quedé con Daniel para vernos otro día para seguir entrenando. Tenía ganas de continuar en la calistenia y creía que había encontrado al compañero perfecto.
Con Daniel teníamos varias cosas en común. Ambos éramos de provincia: él de Huánuco y yo de Trujillo. Ambos teníamos casi veinticinco años. Ambos vivíamos cerca del Cercado de Lima y a ambos nos gustaba el pescado. Ambos éramos ciclistas y ambos practicábamos natación. Ambos dominábamos el inglés y ambos soñábamos con radicar fuera del país. La única diferencia notoria que teníamos quedaba evidenciada frente a las barras de calistenia: Daniel era un experto en la materia y yo, un neófito.
Un día, Daniel me escribió y quedamos en ir a nadar juntos. Llegó el fin de semana y nos vimos en la piscina. Íbamos a pagar cada uno una hora libre para nadar un rato, pero al final, desistimos. Como estábamos en bicicleta, quedamos mejor en ir a la playa y así fue. Llegamos a Barranco, bajamos por la Bajada de Baños y nos instalamos en la playa Los Yuyos. Ambos habíamos llevado nuestra mochila, así que las dejamos una al lado de la otra en la arena e ingresamos al mar.
Casi durante tres meses me veía con Daniel todos los días. Dejamos de ir a nadar para seguir yendo a las barras de calistenia de Lince o de Miraflores. Siempre que nos veíamos Daniel tenía un nuevo tema de conversación. A veces era su familia, otras veces era su mascota llamada Max y otras, sus metas por cumplir. Daniel tenía muchas ganas de superarse y solía mencionarme que quería comprarse un auto y tener una familia. Era un joven tradicional con mucha energía.
Después de tres meses de vernos con regularidad, le escribí una mañana para ver si nos encontrábamos y me dijo que había viajado a Huánuco, su ciudad natal. No me explicó más detalles y tampoco le pregunté. A su regreso a Lima, quedamos en vernos en el parque Castilla de Lince como lo hacíamos antes. Me puse un polo cómodo, unos shorts y las primeras zapatillas que encontré. Salí rápido y lo encontré practicando calistenia en las mismas barras de antes. Me dijo que sujetaría su bicicleta con candado en el cicloparqueadero para caminar un rato. Anduvimos por el parque y le pregunté por qué había viajado de pronto. Allí me contó que al día siguiente volaba a Australia.
Daniel se fue a cumplir uno de los sueños que yo habría querido lograr hace varios años: salir a radicar en otro entorno y contexto diferente al peruano. Daniel lo hizo y tal como me contaba cuando recién llegó, no le fue fácil. Al principio se quedaba a dormir en la habitación de su primo, quien ya vivía por varios años en ese país. Con mucho esfuerzo se compró su primer auto y tiempo después, lo vendió para adquirir una camioneta. Hoy ya hemos perdido comunicación, pero no dudo que los sueños que Daniel solía contarme en las barras de calistenia del parque Castilla se están cumpliendo.
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