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Arte y Cultura

La Biblioteca Escolar de la IE José Faustino Sánchez Carrión que imaginamos

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A fines de los 80 se da la buena idea de tener una biblioteca escolar en la Institución Educativa José Faustino Sánchez Carrión. Esta idea surge con Diego Díaz Vicuña podría haber sido el año 1987, cuando no se hablaba en nuestro país más que de crisis económica y de las otras crisis. Así se tomó la iniciativa y se hizo una campaña del libro con el nombre de cruzada a favor de la creación de la biblioteca.  Ese año llega el bibliotecario Miguel Paz Mustto, para cubrir una plaza que se había creado. Aquí empieza la historia y surge la voz de los buenos escritores como Federico García Lorca que dice: “¡Libros!¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor’, ´amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan”.

Muchos ilustres escritores y amautas nacionales y extranjeros se han hecho presente en la I.E. José Faustino Sánchez Carrión para entregar sus libros personalmente.  Así lo hizo el sabio y poeta Gustavo Valcárcel con sus obras monumentales que hablan sobre nuestra patria; asimismo, escritores de nivel nacional de connotado prestigio internacional como Danilo Sánchez Lihón, Félix Huamán Cabrera, Áureo Sotelo, entre otros. También participaron capacitando y ofreciendo charlas para brindar a los docentes sus propuestas de conocimientos en favor de las mejoras de la formación docente. Han donado cientos de libros por parte del Ministerio de Educación. Empero una de las donaciones que se dieron con mucho afecto fue la entrega del diccionario de inglés que hiciera el ciudadano norteamericano Eric Anderson. Gracias a la gestión del profesor Carlos Augusto Rivas. Hay que considerar que quien abrió nuevas páginas de una apertura digna en la biblioteca fue el Dr. Constantin Sturmer Popescu, la Logia N° 2 y la USE N° 12 en la persona de la señorita Nelly Rodríguez Narrea, gestores indiscutibles de la promoción del libro y de la lectura.

Asimismo, hay que reconocer los materiales educativos en cuanto a libros, enciclopedias, mapas, juegos lúdicos, materiales de estanterías y muebles donados por el Ministerio de Educación, la UGEL N° 01 SJM, y otras instituciones públicas y privadas. Muchos estudiantes y docentes en forma anónima donaron libros para la Biblioteca. Un registro muy valioso de obras clásicas, modernas, hispanoamericanas, peruanas y materiales lúdicos al servicio de los estudiantes y docentes.

SOMOS LIBROS

Para crear una biblioteca escolar hacía falta saber por qué es importante que cada escuela cuente con una biblioteca escolar  y surgió la pregunta: ¿Cuánto leemos los peruanos?

El tema de la biblioteca escolar nos sirve para conocer y reflexionar acerca de cómo estamos en lectura a nivel del sistema educativo peruano. Se afirma que solo lee el 35% en el Perú y que solo el 0.86 % leer democracia libros se lee al PTFERNAFG significa que estamos mal y la explicación está entre otras cosas por la falta de Bibliotecas Escolares sobre todo en la escuela pública. Aunque se afirma según fuentes oficiales que existen 359 bibliotecas escolares. Solo en Lima hay 292, en Ayacucho 34, Ancash 13, Ica 9, Apurímac y Puno 3, y en Amazonas, Cusco, Junín, Ucayali y Pasco 1. En el resto del país, en 13 regiones no existe ninguna biblioteca escolar.

En el caso de las escuelas públicas las que se han contabilizado como bibliotecas en su mayor parte son recintos improvisados o lugares que se han destinados es cualquier lugar de la escuela, algunas veces son los lugares como depósitos de trastos viejos en donde las autoridades de esas instituciones educativas lo utilizan para guardar esos objetos en desusos por haberlos dado de baja. No son los lugares adecuados, ni menos tienen la implementación que se requiere, empezando por el personal que no tienen ninguna o tiene una muy escasa capacitación, realizando un trabajo empírico, porque muchos de los trabajadores fueron nombrados de acuerdo al uso del clientelaje de los partidos del gobierno de turno.

LA BIBLIOTECA QUE SOÑAMOS

De acuerdo a las directrices IFLA/UNESCO para la Biblioteca Escolar y de Frances Laverne las pautas para bibliotecas escolares constituyen un marco de referencia, cualitativa y cuantitativa para cumplir con los requisitos de lo que es un servicio de biblioteca escolar en un espacio mínimo, es el siguiente:

De acuerdo a estas pautas, cuantas II.EE. cumplen con estos requisitos. Sin exagerar podrían ser un mínimo en las grandes ciudades y sobre todo las escuelas emblemáticas. En cuanto a las rurales o escuelas periféricas, simplemente ninguna. Sin tener en cuenta la falta de personal calificado, la falta de sistema de clasificación bibliográfica por materias en “subject” para su ordenar en categorías específicas, tópicos y temas interdisciplinarios y multidisciplinarios. De igual manera, la implementación en muebles de estanterías, mesas y sillas; así como equipamiento con equipos que facilite la búsqueda de la información requerida.

Si la II.EE. no tiene de parte de su director un liderazgo en promover una biblioteca escolar y se cumplan las normas de presupuestos destinados para biblioteca, nunca se va a superar esta deficiencia. Menos se la tendría en cuenta en el Proyecto Educativo Institucional, además si no se cuenta con el Plan Lector, menos será vista la biblioteca como un espacio educativo.

La pregunta de rigor es, cuántas instituciones educativas se cumplen con la Ley N° 28628 que regula la participación de las Asociaciones de Padres de Familia en las instituciones educativas públicas en cuanto a las mejoras de las bibliotecas escolares, en tanto en su artículo 16 de destino de los recursos económicos deben contribuir, sin vulnerar el principio de gratuidad de la educación pública. El desarrollo de las actividades técnico-pedagógicas de la institución educativa, que deben destinar al mantenimiento y reparación de la infraestructura física, equipamiento e implementación de tecnologías de información y comunicación, la adquisición y mantenimiento de materiales educativos, lúdicos y deportivos. De tal manera que no habiendo planes de trabajo en relación a darle a la biblioteca escolar, el interés y menos ni mencionarlos como sí se hacía antes e inclusive con un monto determinado. Poco o nada se hace en las escuelas por darle un presupuesto a la biblioteca escolar. No se ha reglamentado la participación de los docentes en las bibliotecas escolares. No se incentiva programas de lectura. No se da la medición del servicio. No se maneja la información ni menos se capacita al personal para un mejor servicio. No se implementa nueva bibliografía y hemerografía. No hay actividades destinadas a la lecturas en forma permanente como ferias, festivales; menos se celebra el Día de la Biblioteca, etc. Son observaciones a la vista que dejan mucho que desear, ya que no hay responsables en esta tarea ni menos incentivos de ningún tipo. En las calendarizaciones de las instituciones educativas, el tema de las bibliotecas escolares simplemente no existe.

SIN ESTUDIANTES LECTORES NUNCA HABRÁ LÍDERES

Qué acciones se deben realizar:

  1. Los directores siendo responsables principales de las bibliotecas escolares deben tomar acciones de liderazgos para su creación, funcionamiento e implementación.
  2. Deben organizarse proyectos específicos de apoyo a la biblioteca escolar con una comisión de la comunidad educativa, la misma que debe formar parte del PEI.
  3. La ley de Apafa debe contemplar un presupuesto específico para la biblioteca escolar.
  4. La biblioteca escolar responde a requisitos mínimos que deben de cumplirse para una mejor atención.
  5. Se debe implementar la hora de la lectura haciendo uso de la biblioteca escolar.
  6. Las actividades programadas como el Día de la Biblioteca deben pasar a formar parte de la calendarización del año lectivo.
  7. En tanto la biblioteca escolar, son centros de información tienen que contar con un equipo de informática para la sistematización de las fuentes diversas.
  8. Los docentes deben tener una o dos horas destinadas a la biblioteca escolar o pública.
  9. Sin biblioteca no hay plan lector, sin maestros lectores no hay promoción de lectura y sin estudiantes lectores nunca habrá líderes. Entonces estaremos perdidos para la gran batalla del conocimiento que nos hará libre.

Después de haber planteado el tema de la biblioteca escolar como una realidad desde la perspectiva de las mejoras y de acuerdo a las pautas recomendadas por organismos internacionales de la educación, la pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿En cuántas de nuestras instituciones educativas tenemos biblioteca escolar? Cada quien podría dar su respuesta. ¿Qué podemos hacer para tenerla o mejorar la que tenemos? Y el reto mayor, sin olvidar que en las escuelas, peor que quemar libros, sería no tener un lugar dónde podamos leer nuestro libro preferido.

LA BIBLIOTECA ESCOLAR QUE QUEREMOS

Siendo la I.E. José Faustino Sánchez Carrión  una escuela pública con un total de 1546 estudiantes en la Educación Básica Regular en el año 2023 y un promedio de 2,445 estudiantes en sus tres turnos. Necesita una biblioteca de no menos de  279 m2 y su respectivo equipamiento para no vernos en la necesidad de tener las condiciones adecuadas de acuerdo a su reglamentación que exigen las normas establecidas por organismos cuyas directrices emanadas de la IFLA/UNESCO para la Biblioteca Escolar y de Frances Laverne, plantean las pautas para bibliotecas escolares a nivel internacional y que toda escuela debe cumplir. Las condiciones de espacio las hay, lo que faltaría es planificar el equipamiento en infraestructura con las condiciones más elementales de lo que es una biblioteca y con opción de implementar espacios para la fototeca y módulos de cómputo, así como también nuevas estanterías, pero sobre todo un espacio reglamentario.

EL BIBLIOTECARIO

Miguel Paz Mustto es el bibliotecario de la I.E.  José Faustino Sánchez Carrión durante más de 30 años consecutivos, al lado de Aída Natalia Chóquez Aburto, quienes están atentos a la atención del público usuario que son los estudiantes y docentes de las distintas áreas de estudio, tan igual como lo hacen con los ex estudiantes que siguen estudios superiores, porque pueden encontrar en este centro de información, los materiales bibliográficos y hemerográficos que necesitan para sus estudios de investigación. Hoy más que nunca se hace muy necesario recordar lo que alguna vez dijera el libertador don José de San Martín: “el acceso al conocimiento fortalecería el pensamiento independentista de los pueblos americanos”. La línea está trazada, el movimiento perpendicular de la lectura nos permitirá alcanzar el camino del éxito. (Carlos Augusto Rivas, docente de Ciencias Sociales)



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Gajes de un nadador

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Desde los seis hasta los once años practiqué natación de forma regular en la academia Berendson de Trujillo. Los ex profesores Nicanor y Walter siempre estaban predispuestos a orientarnos en lo que necesitáramos. Nos llevaron a competencias locales y luego, dentro del colegio en el que mi hermana y yo estudiábamos, competimos en la misma disciplina con otras instituciones educativas. Acabó la primaria, me mudé a Lima y la natación quedó solo como un recuerdo.

Luego de terminar la secundaria, decidí ingresar un verano a la academia de la Federación Peruana de Natación ubicada en Jesús María; eran mis últimos años de adolescente. Me matriculé un verano y una vez culminado el curso de dos meses me invitaron a entrenar todos los días, pero por la academia universitaria decidí pausar el proceso que en ese momento practicaba con mucha ilusión. Ingresé a la universidad, luego me cambié de centro de estudios y también de carrera, y volví a olvidarme de la natación.

A los pocos años, luego de cinco aproximadamente, la ex novia de una amiga muy cercana me contó que estaba trabajando en la piscina municipal de un distrito aledaño a donde vivía. Ella era personal de salud y cumplía un horario laboral de lunes a viernes. Me preguntó si quería seguir nadando. Le respondí que sí. Sacó de su cartera cerca de siete tarjetas y me las entregó. Cada tarjeta era por un número aproximado de diez clases. Eso significaba que podía ir a nadar casi por tiempo indefinido por ese momento.

Asistí cerca de cuatro meses ininterrumpidos a la piscina municipal. Profesionalicé mi técnica, hice nuevos amigos y me prometí a mí mismo no volver a dejar este deporte. Nunca ocurrió. Una vez que se acabaron mis tarjetas de clases, tenía que pagar y no estaba en las condiciones para hacerlo. Acababa de mudarme de Pueblo Libre a Jesús María y estaba empezando una segunda carrera en otra universidad. Estaba en mis últimos ciclos del instituto de inglés y además de lo destinado a mi transporte y alimentación ya no me quedaba nada extra.

Pese a ya no ser alumno en la academia de natación municipal, a las semanas de haber concluido mis clases me acerqué a la piscina a consultar los costos de las clases. Me comentaron que ocho clases costaban doscientos veinte soles y doce clases un poco menos de trescientos soles. Sin embargo, tendría un cincuenta por ciento de descuento si era vecino del distrito. Consulté cómo podía corroborar si era vecino y me dijeron que si aún no figuraba mi dirección en mi DNI, podía mostrar un recibo de agua o luz con pagos que no estuvieran vencidos.

Ese día regresé de la piscina a mi casa un poco triste, aunque más estaba estresado. Me puse a pensar en quién podría prestarme un recibo. Llamé a dos amigos y me respondieron que ya se habían mudado. No tenía muchas opciones. Seguí pensando un poco más y apareció el nombre de un amigo al que no veía hace años. Recordé que me había ayudado hace tiempo a inscribirme como personero en una campaña electoral municipal y desde ahí solo manteníamos el contacto por redes sociales. Le envié un mensaje, aceptó y me convocó a su domicilio.

Llegué a la hora que me había indicado y esperé en la puerta de su edificio. Salió, nos dimos un abrazo y recibí el recibo de agua donde figuraba que era vecino puntual en el distrito. Le agradecí y quedamos en seguir conversando. Ese recibo me duró cerca de tres meses. Después, dejé la natación y no regresé hasta hace un par de años. Esta vez volví a la piscina del Campo de Marte. Hice ocho clases y le consulté al instructor si podía enseñarnos la técnica para lanzarnos a la piscina, es decir, cómo realizar un clavado. Nunca lo hizo, así que dejé de asistir.

Hace un mes, decidí matricularme nuevamente en otra academia de natación, esta vez, opté por la sede Lince de Aqualab. La verdad, un desastre. Ni bien me matriculé me comentaron que no aceptaban que los alumnos pagaran por horas libres, sino solo por clases. Quedé contento porque siempre he preferido tomar lecciones a practicar por mi cuenta. Con el transcurso de las semanas noté que ello era falso, pues muchos ciudadanos ingresaban al carril de su nivel de expertiz, pero nadaban lo que consideraban conveniente, mas no hacían la clase.

Hace unos días, ni bien empecé mis primeros cien metros, me crucé con un nadador principiante en mi carril. Todo estaría bien si no fuera porque me metió un puñetazo en el rostro. Mi cara quedó roja, pero en principio entendí que era un riesgo cuando practicamos ese deporte. No obstante, al comentarle al profesor lo que me había sucedido al final de la clase quedé perplejo con su respuesta. Me estaba dando la razón al decirme que era una persona sin técnica ni conocimientos de nado. Le increpé por qué había permitido que alguien así esté con quienes nos encontramos en un nivel más avanzado. No me respondió. A hacer el reclamo y el trámite administrativo. Gajes del día a día.

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Puntos suspensivos

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Tenía trece años cumplidos y una mente absolutamente lúcida que me permitía darme cuenta que esta mudanza no sería temporal, sino para siempre. Todos los días solía decirle a mamá que quería estudiar la universidad en Lima para que planificara mi mudanza en los próximos años, pero jamás imaginé que ello se adelantaría cinco años antes. Mis tíos afirmaban que lo hacían por mi bien, aunque si me quedé a vivir con ellos en la capital fue, prácticamente, por un chantaje.

Había terminado el primer año de secundaria y si bien hasta el sexto de primaria la única niña por la que sentía atracción era Luisa, el año siguiente las cosas cambiaron bastante. Continué estudiando inglés, japonés y portugués. Iba a practicar tenis los fines de semana y nadaba entre semana. El colegio lo llevaba con mucha calma, pues me había cambiado de institución educativa a una donde los docentes no eran tan exigentes como antes. En la segunda mitad del año, mientras culminaba mi primero de secundaria, decidí empezar a estudiar italiano en el centro de idiomas de la Universidad Nacional de Trujillo. El curso duraba dos horas los martes y jueves en la noche; empezaba a las siete y terminaba a las nueve. A cada clase llegaba temprano y esperaba en el primer nivel hasta el inicio del taller. A veces llevaba un libro para leer u otras veces solamente repasaba mi libro de italiano.

Fueron diversas las oportunidades en las que llegaba antes de clase y no era el único, de hecho, recuerdo que había una señora y dos jóvenes más que también tenían esa puntualidad. Uno de los jóvenes, que ya era universitario, un día decidió hablarme. A partir de ese momento, nos volvimos muy cercanos dentro del instituto. No sé si llegamos a ser amigos, pues nunca le confié nada muy personal, pero cada vez que nos veíamos antes de nuestras clases, conversábamos. Él no estudiaba italiano, sino inglés, así que el único momento para conversar era antes del taller. Al salir, bajaba las escaleras tan rápido como podía para tomar el bus a casa, pues en Trujillo el transporte público antes transitaba hasta las nueve de la noche como máximo.

Luego de un par de meses de estudiar italiano, dejé el curso y comencé a estudiar alemán. Me inscribí en otro instituto muy cercano al anterior. Dejé de ver por unas semanas a mi compañero del otro instituto con quien compartía algunos momentos de ocio antes de nuestras clases. Sin embargo, como habíamos intercambiado números, un día recibí su mensaje. Desde allí, nunca dejamos de hablar. Nuestros diálogos eran infinitos en el messenger de Windows Live. Nos volvimos a ver un par de veces más cuando vino a recogerme de mi curso de alemán, pero luego ello dejó de suceder. Él tenía dieciocho o diecinueve años; yo tenía doce. Admito que mi madurez era como la de algún joven que había acabado el colegio, pues con él conversaba de temas vinculados a la política local y nacional. Él sí estaba inmerso en ese contexto, ya que estudiaba una carrera de humanidades. Durante las pocas veces que nos vimos, nunca le dije nada y él tampoco lo hizo. Ello ocurriría meses después, y fue por llamadas y mensajes de texto.

El año terminó y llegó el verano. Ya era costumbre viajar a Lima a visitar a la hermana de mi madre, mi tía. En Lima ella vivía con su esposo y sus hijas, mis primas. Le pedí a mamá que me comprara un pasaje para la primera semana de febrero, pues era la semana de cumpleaños de una de mis primas. Quería darle una sorpresa. Estaba emocionado por salir un momento de Trujillo. Había sido un año ligeramente pesado, a pesar de que ya estaba en otro colegio. Es verdad que ya no había el bullying con el que conviví durante mis seis años de primaria en el Perpetuo Socorro. Pero igual aún tenía algunos fantasmas que me acompañaban. Mi madre compró ese boleto de viaje y sin siquiera saberlo ella ni yo, había comprado un boleto que nos separaría para siempre. No volvía a vivir más en Trujillo. Luego de dos años en casa de mis tíos mi madre llegó a vivir con nosotros por su cáncer en etapa final. Esa ni siquiera era una convivencia. Era una atmósfera rara a la que no quería mirar. Nunca regresé a mi ciudad natal porque mis tíos encontraron mis mensajes con mi ex compañero de idiomas de Trujillo. Los leyeron y consideraron que necesitaba terapia psicológica. Me prometieron no contarle nada a mamá si me quedaba a terminar el colegio en Lima. No tuve otra opción. Mi adolescencia, antes de empezar, ya estaba rota.

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