El año pasado decidí por segunda vez en mi vida que quería ganar mayor conocimiento en la práctica de calistenia. La verdad es que apenas la había practicado tan solo una vez un año anterior. Aquella vez, fue con un vecino con el que durante un mes entero coincidimos en el Parque Castilla de Lince a las seis de la mañana. Él me apoyaba con mis rutinas y yo le obedecía: sabía que si quería lograr un mejor cuerpo tenía que entrenar como él. Luego de cuatro semanas, dejé de frecuentar el parque y perdimos contacto.
Cuando varios meses después decidí regresar a practicar ese deporte, me sentía más pesado, pero aún con el ánimo de que mejoraría rápidamente. Mi ex compañero de calistenia ya no iba más a practicar porque me contó que se había mudado a los Estados Unidos con su madre. Al final no importaba si entrenaba solo: lo importante era hacer deporte. Regresé al parque Castilla una tarde de sábado, después de manejar bici por casi una hora. Me ubiqué en una de las barras y me propuse hacer diez dominadas. Apenas hice tres consecutivas. No solo carecía de la fuerza que ese deporte exigía, sino que estaba bastante perdido en relación a los demás muchachos que estaban a mi alrededor.
Daniel, un joven que estaba practicando en una de las barras del costado, me preguntó si era nuevo en ese deporte. Le respondí que sí y empezamos a conversar. Las dos horas que estuvimos ahí transcurrieron rápidamente y llegó la hora de regresar cada uno a casa. Quedé con Daniel para vernos otro día para seguir entrenando. Tenía ganas de continuar en la calistenia y creía que había encontrado al compañero perfecto.
Con Daniel teníamos varias cosas en común. Ambos éramos de provincia: él de Huánuco y yo de Trujillo. Ambos teníamos casi veinticinco años. Ambos vivíamos cerca del Cercado de Lima y a ambos nos gustaba el pescado. Ambos éramos ciclistas y ambos practicábamos natación. Ambos dominábamos el inglés y ambos soñábamos con radicar fuera del país. La única diferencia notoria que teníamos quedaba evidenciada frente a las barras de calistenia: Daniel era un experto en la materia y yo, un neófito.
Un día, Daniel me escribió y quedamos en ir a nadar juntos. Llegó el fin de semana y nos vimos en la piscina. Íbamos a pagar cada uno una hora libre para nadar un rato, pero al final, desistimos. Como estábamos en bicicleta, quedamos mejor en ir a la playa y así fue. Llegamos a Barranco, bajamos por la Bajada de Baños y nos instalamos en la playa Los Yuyos. Ambos habíamos llevado nuestra mochila, así que las dejamos una al lado de la otra en la arena e ingresamos al mar.
Casi durante tres meses me veía con Daniel todos los días. Dejamos de ir a nadar para seguir yendo a las barras de calistenia de Lince o de Miraflores. Siempre que nos veíamos Daniel tenía un nuevo tema de conversación. A veces era su familia, otras veces era su mascota llamada Max y otras, sus metas por cumplir. Daniel tenía muchas ganas de superarse y solía mencionarme que quería comprarse un auto y tener una familia. Era un joven tradicional con mucha energía.
Después de tres meses de vernos con regularidad, le escribí una mañana para ver si nos encontrábamos y me dijo que había viajado a Huánuco, su ciudad natal. No me explicó más detalles y tampoco le pregunté. A su regreso a Lima, quedamos en vernos en el parque Castilla de Lince como lo hacíamos antes. Me puse un polo cómodo, unos shorts y las primeras zapatillas que encontré. Salí rápido y lo encontré practicando calistenia en las mismas barras de antes. Me dijo que sujetaría su bicicleta con candado en el cicloparqueadero para caminar un rato. Anduvimos por el parque y le pregunté por qué había viajado de pronto. Allí me contó que al día siguiente volaba a Australia.
Daniel se fue a cumplir uno de los sueños que yo habría querido lograr hace varios años: salir a radicar en otro entorno y contexto diferente al peruano. Daniel lo hizo y tal como me contaba cuando recién llegó, no le fue fácil. Al principio se quedaba a dormir en la habitación de su primo, quien ya vivía por varios años en ese país. Con mucho esfuerzo se compró su primer auto y tiempo después, lo vendió para adquirir una camioneta. Hoy ya hemos perdido comunicación, pero no dudo que los sueños que Daniel solía contarme en las barras de calistenia del parque Castilla se están cumpliendo.